¡A bailar en casa!

Adalberto Álvarez lanzó la idea y decenas de músicos la han defendido, músicos aquí y en otras partes, bailadores, aficionados. Cuando de paso comento la iniciativa con Manolito Simonet, Elito Revé y Enrique Álvarez, no dudan: ciento por ciento de acuerdo. Desde España, un adelanto: la Asociación Cultural Benny Moré, fundada en Logroño y con ramificaciones en varios lugares de la península, han hecho pública la convocatoria a tono con los tiempos del coronavirus: el 8 a las 8 de la noche a bailar en casa.

¡Cómo no hacernos eco de la pertinencia, necesidad y autoridad de proclamar el 8 de mayo como Día del Son y de fomentar su inclusión en la lista del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad!

La elección de la fecha no es casual. Marca el nacimiento de Miguel Matamoros el 8 de mayo de 1894  –y del Trío Matamoros, pues en el cumpleaños del sonero, celebrado en su casa santiaguera, se unieron por primera vez hace 95 años las voces de Siro, Cueto y Miguel– y de Miguelito Cuní en 1917. El compositor y el intérprete. Oriente y Occidente, admirable coincidencia. A Piñeiro y Benny, Arsenio y Faz, Arcaño y Jorrín, Lay y Richard, Roldán y Caturla, Guillén y Carpentier, Teté y Argeliers, César y José Antonio, Chapottín y el Niño Rivera, les hubiera gustado.

Pero lo importante está en honrar al complejo musical más representativo de la música cubana y de mayor irradiación planetaria, en clarificar y apuntalar las jerarquías de sus cultores, y en propiciar la transmisión de sus valores a las generaciones futuras.

En 2012 el son fue reconocido como Patrimonio Cultural de la Nación. Sabemos que en la actualidad se procesa el expediente para su evaluación por la Unesco, organismo que avala la condición de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. En esa tarea tenemos noticias de que trabaja el Centro de Investigación y Desarrollo de la Música Cubana. Más es menester crear un entorno favorable, como aconteció con la rumba, al que mucho deben aportar los músicos y los que la disfrutan.

Hay que hacer visibles hitos esenciales: el punto de partida en la región oriental y su nacionalización en las primeras décadas del siglo pasado, la vinculación con la trova, la evolución de formatos y estilos, la conexión con la salsa y otras especies sonoras de la región, la internacionalización. Del changüí a la timba; de La Habana y Santiago a Nueva York y Tokio. El son en la poesía de Nicolás Guillén. El son en la música de concierto, no solo en la de los cubanos sino hasta en  George Gershwin, que citó Échale salsita en su Obertura cubana. El son en el habla popular, en la danza, en la gestualidad. El son como complejo cultural.

Todo por el son, diríamos hoy. Vale el entusiasmo, pero mejor aún el conocimiento de causa. Para que el son siga siendo un emblema vivo de nuestra identidad.

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Publicado Por: Granma

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