Como lo recuerdo lo cuento

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Han transcurrido dos años desde que aquel 25 de noviembre de 2016 el General de Ejército Raúl Castro Ruz informara al pueblo de Cuba que “a las 10:29 horas de la noche, falleció el Comandante en Jefe de la Revolución Cubana, Fidel Castro Ruz”.

Ese día no me enteré de la desafortunada noticia, pero a la mañana del sábado 26 la televisión me dejó petrificado; la tristeza embargó mi ser, quedé sin aliento. Ha muerto un gigante de Cuba, América Latina y el resto del mundo.

En el documento dado a conocer por el Presidente de los Consejos de Estados y de Ministros se reseñaba: “En las primeras horas de mañana sábado 26, la Comisión Organizadora de los funerales brindará a nuestro pueblo una información detallada sobre la organización del homenaje póstumo que se le tributará al fundador de la Revolución Cubana.

Y así fue: “El Consejo de Estado de la República de Cuba declara nueve días de Duelo Nacional, a partir de las 06:00 horas del 26 de noviembre hasta las 12:00 horas del 4 de diciembre de 2016”.

Fue toda una semana de luto y profundo dolor para los cubanos, durante la cual cesaron las actividades y espectáculos públicos, ondeará la enseña nacional a media asta en los edificios públicos y establecimientos militares, y la radio y la televisión mantuvieron una programación informativa, patriótica e histórica.

En una crónica de Enrique Milanés León por los 90 de Fidel escribió: “Es la aguja que, con punto mambí, teje la unidad y hace irrompible un lienzo de plena cubanía. Y en el ovillo patriótico ha resultado hilo, mitad de barba recia, mitad de caguairán”.

Y remarcó el cronista: “Se sigue al líder árbol, al tronco de 90 nudos que orbitan el agosto del año 1926.

“Hay alta recompensa: quien le ve, quien le escucha, aprecia los anclajes de esta Isla inmune a los vaivenes. Quien va a su lado halla un camino seguro al mejor horizonte con una brújula llamada simplemente Fidel”.

Por su parte, el periodista Alberto Núñez Betancourt publicó: “La fuerza de la realidad me hace escribir estas líneas. Para ser consecuente redacto en presente, porque es en ese tiempo, y en futuro, en que siempre tendremos que hablar del Comandante en Jefe de la Revolución Cubana.

“La jornada del 25 de noviembre del 2016 no terminó sin que Fidel, ahora acompañado de millones y millones de expedicionarios del mundo, zarpara hacia la eternidad”.

Una joven periodista nombrada Yunet López Ricardo rubricó en una hermosa crónica:

“Dicen que Fidel ya no está, que los relojes acabaron por vencer al guerrillero, que la mitología y la naturaleza nos recordaron que también él era humano; pero el Jefe de la barba suave crecida en la Sierra y los ojos chispeantes, para vivir por su pueblo, no creyó nunca en relojes ni leyes físicas”.

 Y enfatizó como colofón final la periodista: “Este día 25 el jefe de la expedición no esperó la madrugada, con su barba de luz, uniforme verde olivo y la reciedumbre de los ceibos nonagenarios, pasadas las diez dispuso la proa. No fue de Tuxpan a Los Cayuelos, navegó desde Cuba hasta la inmortalidad; porque Fidel nunca ha creído en relojes ni leyes biológicas, sigue en el mundo de los vivos con su estrella de Comandante. Fidel está en nosotros”.

La doctora Graziella Pogolotti también dejó a la posteridad su impresión tras la muerte del Comandante:

“Fidel es Cuba porque el Comandante encarnó las esencias más profundas de la nación y la cultura. Después de los fundadores de la patria, enhebró en un mismo tejido, memorias y sueños, clave del misterio de la Isla perseguido siempre por los poetas”.

Porque Fidel en su esencia misma es un poema.

Muchos momentos en esa semana me impactaron como revolucionario tras la partida física del Comandante en Jefe. En primer, lugar las enormes filas para pasar frente a sus cenizas expuestas en la Plaza de la Revolución.

Recuerdo cuando en una de esas concentraciones, el Comandante Daniel Ortega Saavedra, presidente de Nicaragua, miraba hacia la profundidad de la muchedumbre y repetía varias veces: “¿Dónde está Fidel?”, para recibir de inmediato respuesta del pueblo reunido.

No puedo sustraerme a la idea de que ya han pasado dos años de su invicta partida hacia la eternidad como Comandante-Jefe de innumerables batallas que libro por la independencia, la justicia y la equidad de los pueblos.

Tampoco puedo pasar por alto aquellos varios días de recorrido desde La Habana hasta Santiago de Cuba, donde reposan para siempre sus cenizas junto a grandes de la historia patria en el cementerio Santa Ifigenia.

Allá en la Ciudad Héroe Raúl Castro Ruz, como despedida de sus restos mortales, dijo la noche del 3 de diciembre de 2016:

“Ese es el Fidel invicto que nos convoca con su ejemplo y con la demostración de que ¡Sí se pudo, sí se puede y sí se podrá! O sea, repito, que demostró que sí se pudo, sí se puede y se podrá superar cualquier obstáculo, amenaza o turbulencia en nuestro firme empeño de construir el Socialismo en Cuba, o lo que es lo mismo, ¡Garantizar la independencia y la soberanía de la patria!”

El Primer Secretario del Partido Comunista de Cuba enfatizó: “Ante los restos de Fidel, en la Plaza Mayor General Antonio Maceo Grajales, en la heroica ciudad de Santiago de Cuba, ¡Juramos defender la patria y el socialismo! Y juntos reafirmemos todos la sentencia del Titán de Bronce: ‘Quien intente apropiarse de Cuba, recogerá el polvo de su suelo anegado en sangre, si no perece en la lucha’”

Hoy, a dos años de la partida física de Fidel, me vienen a la mente los instantes de la mañana del domingo 4 de diciembre de aquel 2016, en que mediante una sencilla ceremonia privada con la participación de familiares y amigos, dirigentes e invitados, en el cementerio Santa Ifigenia, las cenizas del líder de la Revolución fueron depositadas en el nicho (una enorme piedra traída de la Sierra Maestra, su refugio de muchas batallas ganadas), donde estarán eternamente resguardadas cerca de José Martí, Frank País y muchos combatientes caídos en las guerras mambisas por la definitiva independencia de la Patria. ¡Descanse en paz querido Comandante eterno! ¡Sus órdenes serán cumplidas!

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