Crecer en Lima: un enorme reto para el deporte cubano

Comentario

Deportes

Apenas tres meses nos separan del inicio de los XVIII Juegos Panamericanos de Lima. Detalles, ajustes, pinceladas. Solo eso resta por hacerse de cara al resultado que la delegación cubana desea obtener en Lima, la capital peruana.

Hace unos días, ante los diputados de la comisión de Salud y Deportes del parlamento, autoridades del Inder informaron que el propósito es superar la actuación registrada en Toronto 2015, cuando se ocupó el cuarto lugar por países con 36 medallas de oro, 27 de plata y 34 de bronce (97 en total).

Una idea como esa, dicha así no más, merece desmenuzarse en un abanico de posibilidades: ¿Hablamos de obtener más títulos? ¿Pensamos en elevar la cifra general de preseas? ¿Sugerimos un mejor lugar en el medallero?

La aspiración ideal, la soñada, es cumplir de golpe con todo eso, pues se demostraría que el trabajo realizado en los últimos cuatro años marchó en la dirección correcta y rindió frutos, más allá de haber perdido por el camino la cima de los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Barranquilla 2018.

La “papeleta completa”, sin embargo, se antoja ahora demasiado ambiciosa, tomando en cuenta las limitaciones internas y los factores que desde el exterior inciden cada vez con más fuerza.

De nuestro lado no pueden omitirse las dificultades afrontadas durante la preparación, entre las cuales sobresalen la falta de recursos y fogueo internacional. Las tensiones que gravitan sobre la economía del país se sienten también “dentro de las canchas”. Además están los golpes que significan la pérdida de fuerza técnica y de atletas en la flor del rendimiento.

Por otro lado, las dinámicas del mundo “apuñalan” con meridiana puntería a un sistema deportivo sin millones de dólares en las arcas, negado a importar atletas aunque pudiera, y bloqueado como nunca antes por el gobierno de Estados Unidos.

En el escenario competitivo se acentúan fenómenos diseñados desde las mecas del deporte mundial, cuya visión predominante tiende al mercantilismo, al negocio abierto y velado. El alto rendimiento se ha convertido en un asunto de ganar-ganar bajo un manto humanista creíble y funcional, al tiempo que despiadado.

Por eso el creciente apoyo gubernamental y del empresariado en muchos países; por eso la indetenible innovación tecnológica; por eso el manejo despiadado de marcas; por eso la mass-mediación sin límite del hecho deportivo; por eso el arbitraje parcializado; y por eso el sistema de lides clasificatorias que no se apiada de las naciones y atletas con escasos recursos financieros. Prima el imperio del capital.

Con esos apuntes puede comprenderse mejor el “ecosistema” que hallaremos en Lima a mediados de año. Ahí están algunas causas por las que nuestra embajada atlética tendrá menos integrantes y —probablemente— lidiará en menos deportes con respecto a la cita celebrada en la cosmopolita urbe canadiense (31).

Por el contrario, la delegación debe participar en más pruebas que entonces (217) y tratar de superar la cifra de 121 finales disputadas, de las cuales apenas ganó el 29,7 por ciento.

Todos esos números tienen delante, sobre todo, a las nóminas de Estados Unidos, Canadá, Brasil, México y Colombia. Y asumamos que llegarán con fuerza a una fiesta que entregará boletos olímpicos para Tokio 2020 en un total de 22 disciplinas.

La historia, las estadísticas, la sabermetría, permiten augurar que Canadá no tendrá ahora la misma “potencia”; que Brasil no vive similar efervescencia que la del lustro anterior; y que Perú no es rival siquiera con la condición de anfitrión.

¡Pero ojo! Esas son solo hipótesis, tendencias, lecciones. La correlación de fuerzas depende de muchos “hilos” entrelazados, entre los cuales no dejaría de mencionar las inscripciones finales, marcadas por los vericuetos del calendario mundial, en tanto habilitan o cancelan participaciones; el estado de forma en que se asuma la justa; la motivación de poder clasificar a Tokio; los premios ya prometidos en muchos países para los ganadores, entre otros.

“Controlar”, incluso medir ese universo circundante, resulta prácticamente imposible. Ante ello solo hay que colocar calidad, maestría, precisión, efectividad.

La Dirección de Alto Rendimiento del Inder informó hace unas horas que se identifican hasta 44 posibilidades de oro, 24 de plata y 98 de bronce, para un total de 166 preseas. Ahí entra lo indudable y lo probable, aquello que solo la peor adversidad impedirá, y lo que habrá de ganarse por un tilín. Siempre, además, aflorarán el milagro y la debacle.

Lucha, boxeo, atletismo, remo, canotaje, taekwondo, tiro, judo, gimnasia artística, ciclismo, béisbol… He ahí la avanzada dorada, con el perdón de quienes se guarden ahora mismo un “conejo en la chistera”. 

Eso, traducido en nombres, habla de una lista clara de hombres y mujeres sobre cuyos hombros pesa una alta cuota de alegría para nuestro pueblo en el verano que asoma. Otro día podríamos ponerla en blanco y negro. No hay nada que ocultar, ni presión que exacerbar, pues cada cual conoce su compromiso.

Una idea más para aportar a la esencia del debate sobre Cuba en los Panamericanos: superar la actuación de Toronto pasa sin duda alguna por aumentar la cantidad de títulos, aunque el resto de los indicadores (participantes, deportes, finalistas, medallas, lugar) digan tanto o más que eso.  

El matiz clave, a mi juicio, para desterrar falsas expectativas y triunfalismos, lo aportó el presidente del Inder Osvaldo c. Vento Montiller en la sesión del parlamento a la que hemos hecho referencia: «ganar entre 35 y 40 medallas de oro en los Panamericanos de Lima es un enorme y complejo reto».

Luego, frente al paisaje dejado por la batalla, debatamos sobre el deporte cubano y su contexto de desarrollo. Ahí estará la esencia, y no en las peroratas infértiles sobre propósitos, pronósticos, promesas y otras pequeñeces.

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