Espacio de solidaridad

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Un suceso inusual –el último registrado fue en 1940– sacudió a La Habana los últimos días de enero. Aquel tornado arrojó su furia en varios municipios de la ciudad y desdibujó la sonrisa de miles de familias. Desconcierto, destrozos y lágrimas fueron notables las primeras horas. No era comprensible lo que pasaba. La percepción de peligro no llegaba al límite de un tornado, pues un evento meteorológico a ese nivel quedaba en la ficción de una película.

Con un recorrido de cerca de 14 kilómetros, aquella pesadilla –ya histórica- dejó varios heridos y perdieron la vida 6 personas. Sin embargo, más veloz fue la reacción de toda una ciudad, de todo un país.

En esta ocasión me desprendo de la responsabilidad de una sección, de periodista o socióloga. Escribo como habanera y como testigo de la solidaridad que vi en las calles de cada municipio que mi lente captó, en cada historia escuchada y leída.

No es necesario subrayar de manera individual el papel jugado por las brigadas de trabajo que no tuvieron jornadas de descanso. Creo que todas, en cada una de sus funciones, contribuyeron de manera honorífica en la rehabilitación de los servicios para que la población afectada restableciera, en el menor tiempo posible, su día a día.

Un desborde solidario fue visible desde las primeras horas. Aquel –ya memorable– trabajador del Cuerpo de Rescate y Salvamento que en la penumbra sostenía en brazos a un niño; aquellas historias de vecinos afectados que socorrían a otros en igualdad de condición; las puertas abiertas para el refugio; el abrazo de artistas, deportistas, psicólogos, de una Habana, de todo un pueblo.

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