Georbis Martínez: el teatro para mí es una herramienta vital

Comentario

Culturales

Dialogar con el actor Georbis Martínez, integrante de Teatro El Público, deviene un placer para alguien que ha podido apreciar, en las tablas del capitalino Teatro Trianón, así como en la pequeña pantalla y en el cine, la excelencia artístico-profesional que caracteriza a este carismático artista.

Mi interlocutor es Diplomado en Actuación por la Escuela Nacional de Arte (ENA), donde cursó estudios académicos para apropiarse de los conocimientos teórico-conceptuales y prácticos, que lo convirtieran en el actor integral que hoy es.

Georbis ha incursionado, con éxito indiscutible, en los más disímiles medios de comunicación, y entre otros reconocimientos nacionales y foráneos, ha sido laureado con el Premio Caricato, que otorga la Asociación de Artes Escénicas de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC).

¿Cuáles fueron los factores motivacionales que lo llevaron a incursionar en el campo de las artes escénicas insulares, y concretamente, en el de la actuación, donde en la actualidad desarrolla su quehacer artístico-profesional?

Creo que hay dos factores clave en mi decisión de ser actor. Uno de ellos tiene que ver con un traspaso genético, mi madre quiso ser actriz y de eso, seguramente, algo quedó en mí. Y el otro factor es el hecho de desarrollar una sensibilidad a la observación. Mi mamá fue una madre joven y soltera, esto hacía que yo tuviera que ir con ella a casi todas partes, escuelas, trabajos, etc. Los niños tienen una curiosidad por todo, todo es nuevo para ellos, y yo me quedé anclado a esta curiosidad y después de la observación llegó mi representación del mundo de los mayores y hecha para ellos. Con apoyo en  este comportamiento mío, y en respuesta a su propio deseo, mi madre comenzó a fomentar aquello que yo hacía intuitivamente con regulares visitas al teatro. Todas las semanas me llevaba al teatro. Recuerdo el ritual que tuvimos durante muchos años de ir al teatro, sobre todo al Guiñol Nacional, y después a comer pollo frito en lo que antes era el Pío Pío de L, en el Vedado.

Con todo este disfrute, ligado a mi interés por el teatro y por los actores que lo hacían, me encuentro a los 6 años frente a un grupo de instructores de arte del Palacio de Pioneros Ernesto Che Guevara, que van a la escuela primaria donde estudié, a captar niños para sus talleres. Con ellos, subí por primera vez a un escenario y desde entonces he sido incapaz de bajarme. El juego del niño me llevó a encontrar una vocación por entender los para qué y los por qué de nuestros comportamientos.

A los lectores les agradaría conocer ¿a qué tipo de personajes les grada prestarles piel y alma, y por qué?

Pienso que todos los personajes son un buen material de trabajo, pero si hablamos de preferencias, me gustan los personajes llamados «antihéroes», representan para mí un reto mayor al tratar de comprender el sentido de sus acciones. Son personajes con una manera de actuar considerada por la sociedad como cuestionable, y para mí llegar a humanizarlos encontrando ese punto en que el espectador pueda sentir empatía con ellos […], es un gran desafío.

Me gustaría aclarar con respecto a esto que, claramente, no trato de justificar a esos personajes cuando los interpreto, sino mostrar que lo que hacen constituye la única opción que ven posible dentro de sus circunstancias.

De las anécdotas, experiencias y vivencias experimentadas por usted en el ejercicio de su profesión, ¿podría relatar alguna que le haya dejado una huella indeleble en la memoria poética, y por ende, registrado en el componente espiritual del inconsciente freudiano?

En el año 2001 Carlos Díaz, Premio Nacional de Teatro, dirigió una obra llamada Ícaros con texto del crítico y ensayista Norge Espinosa, y en ella interpreté el personaje Ícaro de Madera (Pinocho), un personaje que dentro de la obra tenía la responsabilidad de permanecer, de sobrevivir a pérdidas y a la ausencia.

Cuando trabajé en este personaje, se liberó en mí un sentimiento que debía existir ya, una profunda angustia por las personas y las relaciones que vamos perdiendo durante el camino de nuestras vidas. Tengo que decir que el teatro es para mí una herramienta vital, si pienso en todo de lo que en él aprendo y que me ayuda luego a enfrentar y comprender la vida que transcurre debajo de las tablas. Y aquí viene la anécdota: con Ícaro de Madera (Pinocho), la UNEAC me otorgó ese año un premio Caricato, y en ese momento, estaba recibiendo unas clases en una escuela en París, y mi hermano […] fue a la gala a recibir el premio. En ese momento, sentí que contrariamente a lo que vivía el personaje y que yo sentía, me tocaba ser a mí el que no estaba, ser la ausencia, y ese papel tampoco me gustaba. Gestionar no estar yo o que no estén las personas a las que quiero y me quieren, se me develó como uno de esos sentimientos que te acompañan y te atormentan. Quizás ese personaje llegó para ayudarme a trabajar en ello y a darme herramientas para gestionarlo cuando el sentimiento se hace más intenso.

¿En qué medios de comunicación ha trabajado y cuál de ellos prefiere para continuar transitando con éxito de público y de crítica por el mundo mágico de la actuación?

He incursionado en todos los medios en que se desarrolla el trabajo del actor y en todos me he sentido muy cómodo […], pero es inevitable tener ciertas conexiones que hacen alguna cosa especial frente a las otras. Donde más he trabajado es en teatro y es el medio donde he tenido más permanencia y en el que más he compartido la experiencia de actuar, con mis compañeros de trabajo y con el público que es el destinatario directo de la magia que ocurre cada noche en una sala de teatro. Creo que Aristóteles decía que «la virtud del talento llegaba por la perfección», a fuerza de trabajar mucho en ello, de una determinada actividad. Por eso, me siento tan pleno y en armonía con el teatro.

El cine y la televisión son medios en los que me he sentido muy a gusto, y que su diferenciación con el teatro a la hora de hacer uno u otra es la razón por la que me atrae tanto trabajar en las tablas. En el teatro, el actor recorre una historia de principio a fin que termina cada noche, y que lo lleva a una trayectoria emocional que engloba la totalidad de la puesta. Pero, al hacer cine o televisión, siento como si al actor se le entregan las piezas de un rompecabezas que se irán colocando aleatoriamente y en el que el desarrollo emocional del personaje está muy fragmentado. Son diferentes maneras de transitar una historia. Y en ellas tengo enfocado el desarrollo futuro de mi carrera.

¿Cuáles son sus planes futuros en lo que a las artes escénicas se refiere?

Los planes futuros transitan por un espectáculo con Teatro El Público, para el Festival de Teatro de La Habana de este año y una versión de Fausto con una compañía española con la que he colaborado en otras ocasiones.

¿Algo que desearía añadir para que no se le quede en el tintero?

Me gustaría aprovechar para compartir con los lectores una reflexión a la que llevo dándole vueltas hace un tiempo, quizás tiene que ver con la edad y la experiencia vital, porque creo que muchos han pasado por ella. Tiene que ver con la decisión-elección de ser actor. Veo que la profesión del actor se percibe bonita, como resultado, pero en ella está implícito un estilo de vida que exige un gran compromiso y una fuerte necesidad de hacer este trabajo para sentir que uno es. En ciertas circunstancias de la vida en las que me he encontrado y en las que he visto a otros también, siento como si la persona/actor tuviera ante si dos caminos […] y tuviera que elegir uno. La verdad es que siempre he defendido la idea de salvar a la persona frente al actor pero a mis 37 años aún no he podido ponerla en práctica. Me he visto y me veo creando un sistema de cuerdas flojas que conectan los dos caminos y por las que parece andaré el resto de la vida, como los funambulistas del circo, para tratar de estar en equilibrio.

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