Inocencia: una película que aboga por la humanidad

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Culturales

Inocencia, con guión del escritor Amílcar Salatti y dirección de Alejandro Gil, es el título del filme de producción nacional llevado a la edición 40 del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, que tiene lugar del 4 al 14 de diciembre en las principales salas oscuras de la Ciudad de las Columnas.

Ante todo, habría que destacar —entre otros no menos importantes— los valores históricos y patrióticos, así como la concepción estético-artística, en que se sustenta la acción dramática de Inocencia, cuya trama gira alrededor de un horrendo crimen perpetrado contra ocho estudiantes de Medicina de la Universidad de La Habana por parte de los miembros más reaccionarios de la oficialidad española y de los voluntarios cubanos (renegados que pusieron sus armas al servicio de la metrópoli hispana).

Dicha cinta, inspirada en un lamentable hecho real acaecido en la Villa de San Cristóbal de La Habana en 1871, pero con empleo inteligente de componentes ficcionales, que la convierten —por derecho propio— en verdadera obra de arte, invita al auditorio a la emoción y a revivir en la memoria histórica del pueblo cubano una de las más monstruosas acciones cometidas por el colonialismo ibérico contra inocentes víctimas del odio y la impotencia de quienes alentaron ese cruel asesinato.

Ahora bien, tanto el guionista como el director les confieren rostros humanos, tanto a víctimas como a victimarios, con apoyo en un proverbio indoamericano:

Todo lo que hiere a la víctima, hiere también al victimario.

Esa mancha oscura que pende y penderá sobre la historia de la península no ha podido ser olvidada, no obstante casi el siglo y medio que ha discurrido desde aquel despiadado episodio hasta hoy.

Ese enfoque profundamente humano incluye —además— a familiares de los estudiantes de Medicina, novias, conocidos y amistades quienes estaban relacionados —de una u otra forma— con el desolador crimen de que fueran objeto esos jóvenes, algunos casi niños, que respondió —fundamentalmente— a una vileza, evocada como una de las más sanguinarias que llevara cabo el régimen colonial español en nuestro archipiélago.

Las actuaciones —entre otras no menos notables— de Yasmani Guerrero, Héctor Noas y Yadier Fernández, convocados para prestarles piel y alma a los personajes que intervienen en ese largometraje son más que convincentes y emotivas, porque hacen un uso afectivo-racional de los recursos técnico-interpretativos adquiridos en la academia y consolidados en la praxis escénica, tanto en las tablas de un teatro, como en la pantalla chica y en el séptimo arte.

Como el final de esa película es bien conocido, porque forma parte indisoluble de la Historia de Cuba, el guión y el montaje consolidan los elementos de suspenso con respecto a cómo se desarrolló la vista oral, así como la injusta condena que les impusieron a los acusados por haber mancillado supuestamente la tumba del periodista hispano, don Gonzalo Castellón; hecho que fue desmentido con posterioridad por el propio hijo del reportero español y por los hallazgos de las investigaciones históricas realizadas al efecto.

Por otra parte, se incluye el alegato paralelo de Fermín Valdés Domínguez, el amigo del alma de José Martí Pérez, quien decidió encontrar los cuerpos de sus compañeros de aula y denunciar ante la opinión pública local e internacional el alevoso crimen consumado por las autoridades coloniales y por los voluntarios ¿criollos?

Inocencia deviene un filme dirigido —básicamente— a los amantes de la historia patria, la cual —según el doctor Eusebio Leal Spengler, historiador de La Habana— “debe enseñarse y divulgarse como es; no como quisiéramos que fuera, ni siquiera como debiera ser”. Y cumple, a carta cabal, el aforismo enunciado por el ilustre intelectual cubano.

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