La Habana por dentro: De lo real maravilloso

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Especiales La Habana 500

El murmullo de las olas acariciando las piedras del litoral, sugieren echar a rodar los sueños. Es como si ese hálito convertido en beso de brisa y mar quedara impregnado en la misteriosa mejilla del tiempo, y la carátula de la historia mostrara la estampa de un Malecón añejo, fuerte y gallardo, aquí en La Habana, Cuba.

Sí. Porque mucha historia encierra ese viejo muro de concreto, que lleva en sí propio el peso de los almanaques. Pero, a pesar de su longevidad, está ahí cual obra monumental a la vista de capitalinos y foráneos, donde hemos soñado y amado con pasión inigualable.

Y ¿cómo no sentirse impresionado ante su majestuosa belleza tras sus más de 100 años de existencia?

Son alrededor de ocho kilómetros de “excepcional hermosura” como lo calificara el otrora Historiador de la Ciudad Emilio Roig de Leuchsenring. Un sitio escogido por pescadores, enamorados, poetas y escritores para echar a volar los ensueños. Nadie acude a una cita en el Malecón para dar o recibir el adiós a una ilusión, sino para afianzar una premonición, quizá nunca antes presentida.

Los presagios acuden presuntuosos a nuestras mentes como quimera del destino, aunque queden solo en eso y nunca lleguen a cuajar como esencia misma de la vida. Pero a diario llenamos de música, mucha alegría el antaño muro que cada vez cobra más vitalidad y esplendor; desde cualquiera de sus íntimos espacios podemos apreciar el azul de las aguas del mar Caribe, generalmente apacibles.

Ese espejo de agua tan apreciado nos sume en la meditación, algo así como un hálito del alma, un éxtasis del corazón. Sorprendidos por el alba, un sinnúmero de personas, observan absortos las líneas del Malecón, ante el carisma de una ciudad que el 16 de noviembre de 2019 cumple 500 años de presencia vital.

A ese longevo muro hay que verlo con pupilas de enamorados, y, como es lógico, dar rienda suelda a la imaginación y crear los versos de la poesía encendida y atinada, conforme con su esplendor y belleza.

Pero, además, verán un paisaje único, solo comparable con el paraíso terrenal, una elegía misteriosa, la profecía de una ciudad real, mágica y maravillosa, cual embrujo de todo mezclado, una confusión de sueños y nostalgias.

Hace muchos años la entonces periodista de Bohemia, Susana Tesoro dejaba constancia acerca del viejo muro: “El Malecón continúa ahí, desafiando embates cada invierno para entregarnos cada día un espectáculo de vida y belleza que se corresponde con la gente que detrás del muro habita la capital”.

Así es el angosto camino de concreto entre la vía y la costa, ese hermoso paraje de la geografía capitalina, que día a día nos invita a amar la belleza de la vida. Y, por encima de todo, disfrutemos de sus bondades, porque él es como la gente misma, es como un pedazo de vida de la ciudad.

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