Nicolás Dorr y Lino Betancourt: pérdidas irreparables para las letras y la música cubana

Comentario

Noticias

El novelista y dramaturgo Nicolás Dorr (1947-2018), Premio Nacional de Teatro, y el musicólogo, escritor y periodista Lino Betancourt (1930-2018), Premio Nacional de Radio, acaban de emprender viaje hacia ese mundo lleno de música, poesía, luz y color, a donde van —según José Martí— los hombres buenos que «aman y crean».

Nicolás debutó, a la temprana edad de 15 años, con la obra Las Pericas, signada —fundamentalmente— por el humor negro, la bufonería, el surrealismo, el absurdo, la libre imaginación y la farsa (esta última, herencia legada por el eminente dramaturgo cardenense, Virgilio Piñera, 1912-1979).

A partir de esa puesta en escena, devenida un éxito de público y de crítica, comenzó su fecunda producción intelectual y espiritual en el campo de las artes escénicas cubanas y de mucho más allá de nuestras fronteras geográficas.

Conocí al ilustre intelectual cubano en una conferencia de prensa que tuvo lugar en el Centro Cultural Bertolt Brecht con motivo de un Festival Internacional de Teatro. En ese contexto, aproveché aquella oportunidad, única e irrepetible, para solicitarle una entrevista, que me concedió de inmediato. Con esa forma de ser sui generis que lo caracterizara desde el punto de vista personográfico, me pidió que le enviara las preguntas por correo electrónico, porque así podría pensar mucho mejor lo que me iba a contestar en dependencia de la interrogante que le formulara, y por ende, poder elaborar con más detenimiento las respuestas.

No es necesario decir que lo complací; y al otro día, ya tenía en la bandeja de entrada de correo las agudas respuestas que les ofreciera a las preguntas en que se estructura ese género periodístico. Una de las interrogantes que más le agradó fue en la que destacaba el conocimiento ancho y lejano que tenía acerca del psicoanálisis freudiano, que reveló en una de las obras que vi, en la sala Avellaneda del Teatro Nacional de Cuba, donde se estrenó, y que reseñé para la revista Mundo 7, que sale al aire por las ondas internacionales de Radio Habana Cuba.

Me sorprendió que Nicolás había escuchado por la Voz de Cuba en el Exterior la crónica que le había dedicado a esa puesta, y me explicó —con lujo de detalles— cómo se había puesto en contacto con esa escuela de pensamiento psicológico mientras realizaba una gira artística por varios países suramericanos, donde el Psicoanálisis, tanto ortodoxo como lacaniano, crece silvestre como el marabú en la campiña cubana.

La última vez que vi con vida a Nicolás Dorr fue en el acto de entrega de los Premios UNEAC 2017, donde la obra El legado del caos, recibió premio en el género novela. Allí nos saludamos, y me preguntó, medio en serio y medio en broma, « ¿periodista, me va a solicitar otra entrevista? Si es así, usted tiene mi correo electrónico, puede hacerlo cuando guste, ya que estoy a su disposición, porque me gustó mucho la que me hizo hace algún tiempo». Así era de sencillo y humilde uno de los gigantes de la escena y la literatura cubanas de todos los tiempos, y así lo recordaré en mi memoria poética.

Lino Betancourt Molina, Artista de Mérito del Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT) era periodista, escritor radial, locutor, musicólogo. Miembro de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC) y de la Asociación de Música de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), se desempeñó como productor y redactor de notas para discos de los Estudios Abdala.

Impartió conferencias magistrales acerca de la música cubana en países de América y Europa. Publicó varios libros sobre el universo sonoro insular; disciplina de la cual era considerado un verdadero experto.

Coincidí, en reiteradas ocasiones, con Betancourt Molina en los eventos teóricos Charangueando, donde presentaba sustancias ponencias o hacía intervenciones puntuales que enriquecían el texto y el contexto de la línea temática desarrollada en esos encuentros, donde devenía un leitmotiv el aforismo helénico: «donde abunda la teoría, reina la ignorancia [supina, acotaba Lino]»

Por otra parte, defendía a capa y espada que las agrupaciones charangueras (Aragón, Jorrín, Sensación, Estrellas Cubanas, entre otras no menos relevantes), tuvieron un espacio reservado en nuestros medios masivos de comunicación, donde las orquestas típicas, de jazz band y conjuntos soneros están invisibilizados casi por completo (con honrosas excepciones, que las hay, y muy loables).

En un encuentro dedicado a la música amenizada por los tríos, y que tuvo como sede el Centro Hispanoamericano de Cultura, Betancourt Molina sentenció: «la música triera no morirá jamás, mientras prevalezca el amor entre los seres humanos, porque sus letras constituyen una cálida caricia al intelecto y el espíritu del hombre y la mujer».

La última vez que vi al maestro Lino Betancourt Molina fue hace algunos días, en el espacio 23 y M, que conduce la primerísima actriz Edith Massola, y donde se celebraba un aniversario más de una agrupación de música popular bailable. Irradiaba vida, salud y energía positiva por todos los poros del cuerpo y el alma. Así lo recuerdo y recordaré mientras me quede un hálito de vida.

Nicolás Dorr y Lino Betancourt Molina duerman en paz el sueño eterno, porque ya pueden mostrar al cielo, con legítimo orgullo, su obra acabada. ¡Que así sea!

Compartir:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

1 × 3 =

RSS
FACEBOOK
TWITTER
YOUTUBE