Teatro y Literatura: una pareja inseparable

Comentario

Culturales

El día 27 de marzo se celebra, en todo el orbe, el Día Internacional del Teatro. Para celebrar, desde el sitio web de Radio Progreso, dicha efeméride, he decidido establecer el vínculo indisoluble entre teatro y literatura.

Ante todo, habría que definir esas dos manifestaciones culturales, cuyos objetivos priorizados son —por un lado— acariciar el intelecto y el espíritu de los fieles amantes del arte de las tablas y de la palabra escrita, y por el otro, descubrir valores éticos, estético-artísticos, patrióticos, humanos y espirituales, tanto en una puesta en escena, como en un texto literario.

El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, registra el vocablo «teatro (como el) arte de componer obras dramáticas (o humorísticas)», mientras que a la «literatura [la identifica como] una de las bellas artes que emplea la palabra escrita como instrumento (o herramienta de trabajo). O como el conjunto de la producción literaria (también puede interpretarse como creación intelectual y espiritual] de un país o época [socio-histórica)».

Una vez caracterizados —desde una óptica semántica por excelencia— los términos teatro y literatura, podemos afirmar que una y otra disciplinas artísticas configuran dos gotas de agua cristalina que corren por los ríos subterráneos del alma humana; gotas de agua pura, cuya génesis se localiza en el componente espiritual del inconsciente freudiano del escritor o el dramaturgo.

Por lo tanto, el teatro y la literatura son dos hermanas gemelas que no pueden separarse ni percibirse de manera aislada, ya que se enriquecen, interactúan en la praxis profesional, y se necesitan mutuamente, como la luz a las plantas, el aire a las aves, el agua  a los peces y los pequeños príncipes a la gran familia humana, porque si faltara una se resiente la otra, y por ende, pierde su esplendor, ya que el teatro se alimenta de la literatura y esta de aquel. ¿Cuántas puestas en escena no han sido llevadas a la literatura, y cuántas obras literarias no han sido adaptadas —con mayor o menor empaque poético-literario y estético-artístico— al teatro, y consecuentemente, representadas en el proscenio, con gran éxito de público y de crítica? Enumerarlas desbordaría —con creces— los estrechos límites que nos impone el ejercicio periodístico, percibido por el laureado escritor y periodista Gabriel García Márquez (1927-2014), Premio Nobel de Literatura, como «literatura con prisa».     

De acuerdo con mi leal entender y sano juicio, al decir del Derecho Notarial, la única diferencia que advierto entre teatro y literatura consiste en que el dramaturgo escribe la obra teatral para que los actores desarrollen la acción dramática en el escenario, delante de un público, para hacer reflexionar, llorar o reír al auditorio, según el género de que se trate, mientras que el escritor utiliza la pantalla del ordenador para llevar a la letra impresa el resultado de su fecunda imaginación creadora, para que el lector, en la intimidad, pueda involucrarse en la trama de la novela hasta descubrir el mensaje ético-humanista que el autor trata de transmitirle mediante los diálogos que establecen los personajes, o emplee al máximo su capacidad cognoscitiva para decodificar los intríngulis de un ensayo literario, por solo citar dos ejemplos.

En resumen, teatro y literatura han constituido, constituyen y constituirán —sin duda— una pareja inseparable.  

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