“Un traductor” en las salas de cine cubanas

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Culturales

Un traductor, con dirección de los realizadores Sebastián y Rodrigo Barriouso, es el título del filme que se exhibe en la cuadragésima edición del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, que tiene lugar en la Ciudad de las Columnas del 4 al 14 de diciembre del año en curso.

Ante todo, habría que ponderar las virtudes éticas, humanas y espirituales, así como el enfoque estético-artístico en que se sustenta dicho largometraje, que contó con la eficaz colaboración de cineastas canadienses, quienes desempeñaron una función decisiva en la contratación del actor brasileño Rodrigo Santoro, nominado al Premio Fénix como mejor actor iberoamericano, para que desempeñara el papel protagónico. El carismático artista suramericano se vio obligado a mejorar sus conocimientos sobre la lengua cervantina con acento criollo, o “reyoyo”, al decir  del doctor Rogelio Martínez Furé, Premio Nacional de Literatura, para poder prestarle piel y alma a un profesor de idioma ruso en la Universidad de La Habana.

La trama gira alrededor de ese profesor de lengua extranjera re-asignado por necesidades del servicio como traductor asistente de los facultativos soviéticos que arribaron al archipiélago cubano para recibir tratamiento médico-rehabilitatorio como secuela del accidente nuclear de Chernóbil, acaecido en 1986, en la hoy República de Ucrania.

Los críticos (incluido el autor de esta crónica) la caracterizan como una cinta sencilla, tierna y conmovedora, que toca las fibras íntimas del auditorio, ya que se basa en hechos reales acaecidos al progenitor de los realizadores.

Rodrigo Santoro desarrolla al máximo sus capacidades histriónicas y convence al público de que domina —con razón y emoción— los secretos íntimos de la actuación, ya que utiliza —con elegancia y precisión, dignas del más sincero elogio— los recursos técnico-interpretativos en que se estructura el séptimo arte; conocimientos teórico-conceptuales y prácticos adquiridos en la academia y consolidados en la praxis escénica, sobre todo en la televisión y en el cine cariocas, y del exterior.

El desempeño actoral del resto de los personajes se caracteriza —entre otras virtudes no menos relevantes— por la profesionalidad que los identifica en la pantalla grande, y porque les confieren un toque especial a las situaciones humanas en que se hallan involucrados.

Un traductor deviene una película que sensibiliza —¡y de qué manera!— al espectador, y lo convierte —por la magia de la imagen— en un mejor ser humano.

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