Por Yohani Cáceres
Por túneles, canales y puentes logró fluir el agua, gracias al ingenio del arquitecto Francisco de Albear y de quienes no dudaron en el propósito de calmar la sed de una población habanera que crecía y demandaba fuentes potables, para beneficiarse del indispensable líquido.
Entre 1855 y 1862 la construcción del Acueducto de Albear significó esfuerzo, sudor, alternativas que emergieron por espacio de 40 kilómetros, sin obviar la belleza de arcos elegantes y robustos que convirtieron la obra en un símbolo histórico de la capital del país.
Desde 1946 se celebra, cada 11 de enero, en honor al nacimiento de Francisco de Albear, el Día del Ingeniero Cubano, con el objetivo de reconocer a quienes enfrentan no pocos desafíos cotidianos que los impulsan a diseñar estructuras, sortear obstáculos, erigir espacios funcionales y atrayentes.
En un contexto signado por disímiles adelantos tecnológicos, los integrantes del sector avanzan, entienden que imbuirse cada vez más en la ciencia multiplicará resultados que aportarán al presente, al futuro del archipiélago y a sus ciudadanos.
Felicidades también a los profesores que contribuyen desde las universidades a la formación de nuevos egresados, un relevo que debe ser sólido como las estructuras que sostienen la obra, firme como la patria misma: Cuba.
Esta jornada constituye momento para celebrar no solo a los profesionales que han dedicado su vida a convertir sueños en realidades, sino también a aquellos que han hecho de la ingeniería un puente hacia el desarrollo y la innovación.
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