Acosta Danza en el Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso

Cuerpos es el título del espectáculo que la compañía Acosta Danza, jerarquizada por el primer bailarín Carlos Acosta, Premio Nacional de Danza 2010, lleva a la sala García Lorca del Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso, para beneplácito de los amantes cubanos y foráneos de la danza contemporánea, uno de los géneros danzarios que cultiva —con excelencia artístico-profesional digna del más cálido elogio— la troupe encabezada por el también director del londinense Birmingham Ballet.

El programa artístico incluye el estreno mundial de MAcostaundo interpretado, con música original del maestro José (Pepe) Gavilondo, y diseños de la artista de la plástica Glenda León.

Otras obras relevantes son la reposición del clásico de la danza moderna insular El cruce sobre el Niágara y la obra Cor, de la coreógrafa Marianela Boán, Impronta, solo de la española María Rovira, así como el dueto Soledad, creación del artista Rafael Bonachela.

Los carismáticos bailarines de Acosta Danza demostraron —en el proscenio del legendario Coliseo de La Habana Vieja— no solo la excelencia artístico-profesional que los identifica en cualquier escenario del orbe, sino también que han interiorizado e incorporado a su estilo inconfundible de interpretar la danza contemporánea —caracterizada —esencialmente— por convertir los sentimientos en movimientos corporales— las sabias enseñanzas del célebre maestro ruso A. Schaiskevich, quien estima que «no [es] el virtuosismo de una elevada técnica [lo que produce] el milagro del vuelo […], sino el arranque espiritual, el éxtasis». Espiritualizar la técnica académica y la interpretación teatral (indicadores fundamentales en que se estructura el arte danzario en general, y la danza contemporánea en particular); he ahí la llave que —según el doctor José Orlando Suárez Tajonera (1928-2008), profesor de Estética de la Danza en la capitalina Universidad de las Artes (ISA) — «abre todas las puertas del fascinante mundo coreográfico-dramatúrgico».

Por otra parte, es necesario insistir en el hecho de que la danza contemporánea es una realidad que fluye y refluye, como las olas de un mar apacible o bravío, dentro de lo inmóvil, y se hace movimiento corporal, que implica emociones, pensamientos, vivencias, experiencias, contradicciones. Al mismo tiempo, ese género danzario —por su naturaleza misma— deviene algo efímero y eterno, porque procede del sentimiento, hacia el cual lleva a los bailarines, y los empuja, con la misma fuerza que —según el Apóstol— «el huracán arrastra y destruye».

De acuerdo con esas coordenadas teórico-conceptuales, para los integrantes de la emblemática agrupación insular bailar es sinónimo de sentir la danza contemporánea como un chispazo de electricidad que les recorre, no solo el cuerpo, sino también les acaricia el intelecto y el espíritu. En consecuencia, los incita a entregar lo mejor de su yo íntimo para regocijo de los amantes de esa manifestación danzaria y de los colegas de la prensa especializada que cubren esas funciones de lujo.

El auditorio en pleno percibió —desde lo más hondo de su ser— ese «corrientazo» que los hizo vibrar de emoción y ovacionar hasta el cansancio la indiscutible maestría técnico-interpretativa de los aventajados discípulos de Carlos Acosta.

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Publicado Por: Jesús Dueñas Becerra

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