Coppélia en La Danza Eterna

El espacio dominical La danza eterna, con guión y conducción del crítico y periodista Ahmed Piñeyro y dirección de la realizadora Nohemi Cartaya, que sale al aire en horario estelar nocturno por el Canal Educativo de la Televisión Nacional, llevó a la pequeña pantalla el clásico Coppélia, para acariciarles el intelecto y el espíritu a los amantes insulares del arte de las puntas.  

Coppélia, con coreografía de la prima ballerina assoluta Alicia Alonso (1920-2019), sobre la original del maestro Arthur Saint-Léon y la versión del maestro Marius Petipa, música del maestro Léo Delibes, libreto —a cuatro manos— de Charles Nuitter y Saint-Léon, inspirado en un relato corto del escritor E.T.A. Hoffman, y diseños del laureado artista Ricardo Reymena, tuvo en los papeles protagónicos a la primera bailarina Viengsay Valdés, directora general del Ballet Nacional de Cuba (BNC), Patrimonio Cultural de la Nación, así como a los primeros bailarines Osiel Gounod y Félix Rodríguez, muy bien secundados por solistas y cuerpo de baile de una de las mejores agrupaciones danzarias del orbe.

Cada vez que los integrantes del BNC (desde las figuras emblemáticas de la compañía, hasta los más tiernos retoños incorporados al cuerpo de baile), dignos herederos del legado intelectual y espiritual dejado a la humanidad por la eximia ballerina, salen al proscenio de un teatro o danzan ante las cámaras de la televisión cubana (como en este caso específico), convencen al auditorio o al tele-receptor de que están dando lo mejor de sí como artistas y seres humanos, para darles continuidad a las valiosas enseñanzas adquiridas en la barra, en los ensayos, en las clases magistrales impartidas por Alicia, cuyo espíritu —por un fenómeno parapsicogénico denominado percepción extrasensorial— flota como un cisne en cualquier lugar donde se presenta la agrupación que le diera pleno sentido a su vida como bailarina, maestra, coreógrafa, artista y mujer excepcional.

Con otras palabras, los bailarines que interpretaron esa joya danzaria están signados por el «Ángel de la Jiribilla», como diría José Lezama Lima (1910-1976). Desde una óptica subjetiva por excelencia, esa expresión quiere decir tocados por la gracia para vibrar siempre en el amor a la danza con toda la intensidad propia de la estética muy cubana, y a la vez universal, que identifica al BNC.

Lo primero que el público conocedor de los íntimos secretos del ballet clásico y los colegas de la prensa especializada perciben en esa puesta en escena es que los danzantes están impregnados, no solo del grácil espíritu de Alicia, sino también de la concepción teórico-conceptual sustentada por el ilustre maestro ruso, A. Schaiskevich: «no son los battements a la barre, ni el virtuosismo de una elevada técnica [y una impecable interpretación escénica, agregaría este cronista], los que producen el milagro del vuelo, [sino] el arranque espiritual, el éxtasis»; en síntesis, la entrega en cuerpo, mente y alma a esa disciplina artística.     

Con otras palabras, lo que el maestro Fernando Alonso (1914-2013), uno de los fundadores de la prestigiosa Escuela Cubana de Ballet, conceptuara como «la espiritualización de la técnica académica, la interpretación teatral y los movimientos corporales»; indicadores fundamentales en que se estructura el arte danzario en general, y el ballet clásico, en particular.

Para valorar en toda su dimensión y magnitud esa obra reflejada por la pantalla chica, es requisito indispensable apreciar —con meridiana claridad—  los procesos de creación y percepción estéticas de la versión coreográfica realizada por Alicia, así como lo visible y lo invisible de Coppélia. O sea, descubrir que las cosas no son lo que parecen ser para la percepción empírica o directa, sino que simbolizan fuerzas espirituales superiores que no son captadas —en modo alguno— por los sentidos sensoriales (vista, oído), sino por los sonidos que emite nuestro yo, el auténtico, el verdadero, o si se quiere ser mucho más poético, por las vibraciones internas que hacen palpitar el corazón de los espectadores y de la teleaudiencia.

Por último, toda gran creación coreográfica (y Coppélia lo es, sin ningún género de duda), exige dos grandes instrumentos: poder espiritual para ver las imágenes invisibles y poderío técnico que facilite integrar esas imágenes al lenguaje universal de la danza.

 

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Publicado Por: Jesús Dueñas Becerra

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