Doctora Elsa Gutiérrez Baró: escribir ayuda a pensar

«Escribir deviene una necesidad que me aguijonea el intelecto y el espíritu […], porque lo que no se recoge en letra impresa, se queda escondido para siempre en el “baúl de los recuerdos”». Con esa frase, signada por la sabiduría que otorgan los años y las vivencias registradas en el archivo mnémico del ser humano, comenzó este ameno diálogo con la doctora en Ciencias, Elsa Gutiérrez Baró (1928-2019), profesora emérita de la Universidad de Ciencias Médicas de La Habana. 

Psiquiatra infanto-juvenil de profesión y escritora por devoción, desde hace más de tres décadas de los casi sesenta años dedicados en cuerpo, mente y alma al ejercicio de la medicina, noble profesión percibida por la doctora Gutiérrez Baró como fuente nutricia de ética, humanismo y espiritualidad. 

Ahora bien, en esta última entrevista que gentilmente me concediera en vida la miembro de honor de la Sociedad Cubana de Psiquiatría  no hablará de su profesión médica, sino de la prolífica escritora, cuyo discurso científico-humanista acaricia las fibras más sensibles de los lectores: niños, adolescentes, jóvenes y ancianos que se sumergen en las páginas de sus libros, devenidos alimento indispensable a la mente y el alma humanas. 

¿Cuáles fueron los factores motivacionales que la indujeron a sentarse frente a la máquina de escribir primero, y frente al teclado de su ordenador después, para dar a la publicidad obras antológicas en el campo de la literatura infanto-juvenil como Mensajes a los padres; Los niños enseñan. Diez historias de niños y adolescentes; Muy en serio y algo en broma. Diálogo con los adolescentes; Las edades de la senectud; La resiliencia de José Martí, entre otros muchos títulos dados a la estampa o en proceso de edición? 

Si bien nunca me he considerado escritora […] me complace, me agrada —como usted no es capaz de imaginar— poder comunicarme a través de la literatura con las personas […], ya que es parte de mi labor docente-educativa, investigativa y editorial, en el campo de la salud mental infanto-juvenil. 

Desde que era estudiante de bachillerato me encantaban la psicología, la psiquiatría, y escribía sobre la conducta humana y los conflictos que ya empezaba a percibir en el otro o no yo,como diría un psicoanalista con orientación ortodoxa o lacaniana. 

Recuerdo que llevé varias asignaturas a premio, y ya en cuarto año, obtuve algunos de ellos. ¿Sabe qué libros compré con uno de los premios? Nada más y nada menos que La interpretación de los sueños, del psiquiatra y escritor vienés Sigmund Freud (1856-1939), el padre de la teoría psicoanalítica ortodoxa, defendida por unos y subestimada por otros. 

Le confieso que apenas entendí nada, pero yo me sentía feliz con aquellos dos tomos que —por supuesto— aún conservo […], y conservaré. 

Ahora que ha discurrido el tiempo y he visto partir a personalidades brillantes y con grandes y valiosas experiencias, que lamentablemente se han llevado a la tumba, ya que no han dejado nada escrito, estoy convencida de que lo que no se escribe, se pierde  […].

De veras, me gusta, me encanta escribir, disfruto tanto lo que hago y agradezco mucho a mis editores, diseñadores y al resto del colectivo técnico todos los señalamientos críticos y acertadas sugerencias que me formulan al respecto.    

En el texto Las edades de la senectud, por ejemplo, usted trata el tema de las edades (como prefiere denominar esa etapa de la vida caracterizada por la sabiduría y la paciencia). ¿A qué se debió ese salto cuanti-cualitativo desde la vertiente temática, que se aparta de la línea editorial seguida fielmente por usted desde su estreno como escritora en la década de los 80 del pasado siglo? 

Si supiera que Las edades de la senectud, como yo califico a los adultos mayores, no es un salto tan cuanti-cualitativo como usted le llama. Es un complemento de los libros anteriores. Si observa la carta al «amigo imaginario» se dará cuenta de que ahí está presente el nieto y le señalo al abuelo que es una oportunidad para enseñarles al nieto y a todos los niños cómo envejecer […] cum dignitate, como diría el sabio polígrafo cubano, don Fernando Ortiz (1881-1969), decano de las ciencias antropológicas en la mayor isla de las Antillas. 

Menciono las brechas generacionales, que son reales, pero deben evitarse las grandes penas y contrastes. Así, se van desarrollando los diferentes temas y el Decálogo es una invitación a defender la felicidad, ese deber tan infravalorado, que se encuentra de la piel hacia dentro, no hacia fuera, como muchos erróneamente piensan. 

Creo que la vida es una sola […], pero pienso que la vejez hay que construirla desde mucho antes. 

¿Qué significación especial tiene para usted el verbo escribir, el cual no se cansa de conjugar… en tiempo presente? 

Escribir ayuda a pensar, o mejor dicho, pensar es una actividad imprescindible para poder escribir y ¡qué maravilloso es pensar, observar, escuchar, leer, revisar, y finalmente, escribir! Esa actividad intelectual y espiritual nos humaniza, nos hace mejores personas y más fuertes. ¡Todo a la vez! 

En su fecunda labor docente-educativa como profesora emérita de la Universidad de Ciencias Médicas de La Habana ¿cómo los residentes de la especialidad de Psiquiatría Infanto-Juvenil y estudiantes de Medicina logran descubrir en usted el amor al libro y la lectura; herramientas básicas fundamentales de un buen escritor o un médico con cultura general integral? 

El libro lleva en sus páginas el alma de quien lo escribe y de todos y cada uno de los lectores. Se guarda cerca, se re-lee […] y se guarda de nuevo. Lo más interesante es que un libro tiene muchas lecturas y eso es imperecedero y casi eterno. Ahora, mi archivo mnémico evoca un proverbio hindú: «un libro abierto es un cerebro que piensa», y agregaría yo, un corazón que siente.

Yo siempre he establecido una estrecha comunicación emocional con mis residentes y estudiantes, y el tema de cómo estudiar y prepararse no solo para el examen, sino también para la vida, que es lo más importante, constituye un leitmotiv en mi discurso académico. 

La importancia del profesor es innegable: su actitud, su ejemplo, su experiencia, son fundamentales y pueden complementarse con métodos auxiliares, pero —en modo alguno— lo sustituyen. ¿Por qué digo esto? Porque con el libro sucede exactamente lo mismo. No hay soporte digital o tecnológico capaz de suplantarlo […], aunque no niego —jamás me atrevería a cometer semejante «sacrilegio»— el desarrollo material (incluido el científico-técnico) y espiritual, alcanzado por la humanidad en las postrimerías del siglo XX y en los inicios del XXI. 

A tono con la importancia del libro, mi memoria evoca un aforismo martiano: «los libros son nuestros mejores amigos […], porque jamás nos traicionan». De la veracidad de esa frase del Apóstol no me asiste la más mínima duda.     

Algún consejo o recomendación a los jóvenes que se inician como autores en el fascinante campo de la literatura especializada? 

Disfrutar lo que se escribe es muy bueno para la salud corporal, psíquica y espiritual, ya que produce una agradable satisfacción, pero NO hay que conformarse con lo realizado hasta ahora. Hay que aspirar siempre a mayores logros, así el cerebro se entrena y se desarrolla, mientras que el espíritu se engrandece; por ende, nos hace mucho más felices y útiles al prójimo.

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Publicado Por: Jesús Dueñas Becerra

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