El entrañable amor por ocho hijos de la Patria

Obras maestras de teología, y el más puro evangelio, una teoría de la liberación, de la libertad de la igualdad, y la fraternidad universal, se expresan en las palabras del reverendo Doctor Joaquín de Palma, quien fuera fundador  sacerdote patriótico de la iglesia cubana, en Nueva York, la Santiago Apóstol, la cual cumple sus 140 años de fundada. Fue un  hombre de ideas independentistas al igual que muchos de sus contemporáneos convertidos al protestantismo en Estados Unidos. En sus sermones no establecía contradicciones entre sus sentimientos religiosos y patrióticos.

Del reverendo Joaquín de Palma,  José Martí, en las páginas del periódico Patria dijo: “aquel hombre sincero, que en el destierro ayudó a aliviar las necesidades de los emigrados, que en sus lecciones de religión y de moral nunca olvidó a su Cuba, que luchaba por la libertad, como pastor desinteresado recordaba en el púlpito, con acentos cristianos y patrióticos, la hecatombe tristísima y conmovedora del fusilamiento de los ocho estudiantes de medicina”.

A ellos con sentimiento, dedicó el prelado patriota estos pensamientos:

“Y como Pilato temió al César cuyo nombre invocaba, esos otros pilatos levantándose las manos arrastrarán en el fango la santidad de la ley y entregan víctimas inocentes que han de ser sacrificados. Pero ¿No es todo un sueño? No, no es un sueño Verlos salir de la prisión, esos niños, esos niños, esos ocho inocentes La Campa, Llera, Latorre, Toledo, Rodríguez Pérez, Bermúdez, Laborde y Verdugo. Verlos caminar tranquilos, firmes y serenos a la muerte terrible que viene a sorprenderlos en la mañana de la vida y arrancarlos al regazo de sus familiares y de los brazos de sus  madres”.

“Si, marchad serenos, hijos míos, hace 18 siglos, fue llevado Cristo por la vía dolorosa al suplicio afrentoso de la cruz, y a las mujeres que lo seguían llorando decían: llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos. Marchad serenos hijos de Cuba en vosotros el principio del error y la tiranía”.

“Intentan destruir la nueva vida del espíritu, las aspiraciones de la libertad, y de la conciencia. En vosotros quieren inmolar a todo un pueblo y vengarse de toda raza. Sonó la descarga fatal, 8 cadáveres sangrientos yacen en tierra con el rostro dirigido al cielo, ¡insensatos!, en el momento de vuestro imaginado triunfo sonó en la eternidad, la hora de vuestra ruina y de vuestro castigo”.

“Hijos de la Patria, participantes de la pasión de Cristo, así como vuestro nombres han sido inscritos en los libros de la vida, viviréis por siempre en el corazón y en la memoria del último cubano”.

Este hecho fue recordado recientemente, en la Catedral Episcopal “Santísima Trinidad”, en la capital cubana, por el reverendo Juan Ramón de la Paz, en ocasión del aniversario 148, de la injusta muerte de los ocho hijos de la Patria.

De la obra de Joaquín de Palma, se conoce que en  la biblioteca Nacional existen dos folletos que contienen  su pensamiento teológico, los cuales fueron vendidos a 10 centavos para socorrer a emigrados cubanos en Jamaica.

En ellos expresó:

“Hace más de cuatro años, que los sostenedores de la tiranía…, emplean el hierro, el fuego, las torturas contra los que proclaman la igualdad de todas las razas, la fraternidad universal, y la libertad de conciencia. Y habrá quien enseñe en el nombre del evangelio que el cristianismo no tiene patria, que debemos dejar nuestro patriotismo, en el umbral del templo, que nuestra religión debe ser vago misticismo, que corrompiendo los principios del Evangelio destruya nuestras almas, los sentimientos de patria y de familia”.

“Así, hay fariseos que quieren hacernos callar, y aparentando estar devorados por el celo de la casa del señor, protestan contra la unión, de la política y la religión, y proscriben de los templos de Cristo los colores nacionales, los emblemas de la patria. ¿Es delito contra dios amar a la patria, en el símbolo que lo representa? ¿Será un desacato llevar al templo el emblema de la abnegación de un pueblo? Este instinto de nuestros corazones tiene la aprobación de Evangelio: podemos ser cristianos y amantes a la patria”.

El Reverendo Joaquín Palma, Presbítero de la  Iglesia Episcopal de Santiago Manhatan, Nueva York, fue un sincero hombre, que en el destierro, en las lecciones de la religión y de moral, nunca olvidó a su Cuba, que luchaba por la libertad. Este fue Joaquín de la Palma, quien falleció en suelo extranjero amando a su tierra.

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