Enrique Jorrín: el creador del cha cha cha

«Cha cha cha, cha cha cha, es un baile sin igual […]». Ese es el tema musical que identifica a la agrupación que fundara, en 1954, el violinista, arreglista y compositor Enrique Jorrín Oleada (1926-1987), 1 miembro fundador de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), y que lleva —y llevará— su ilustre nombre.

Salvo honrosas excepciones (Radio Progreso y Radio Rebelde, entre ellas), la Orquesta Jorrín se halla prácticamente ausente de los medios masivos de comunicación.

Por esa razón, la locutora y periodista Rosalía Arnáez, expresidenta de la Asociación de Cine, Radio y Televisión de la UNEAC, en el espacio «Moviendo los caracoles», dedicado en esa ocasión a la música que se escucha hoy en la Isla, expresó:

«Es vergonzoso que en nuestro país las más jóvenes generaciones no conozcan al maestro Enrique Jorrín, el rey del cha cha cha, y muchísimo menos a su orquesta. Sin embargo, esa situación no es la más lamentable, sino el hecho de que, en el Distrito Federal de México, funcionan dos peñas: una del danzón y otra del chachachá. Géneros musicales cultivados por la orquesta Jorrín, y que devienen el eje central de dichas actividades culturales». 2

¿Sucederá con Jorrín lo mismo que ocurrió con la telenovela de habla hispana, que un buen día la prensa plana y las televisoras mexicanas proclamarán que Enrique Jorrín nació en la tierra del Benemérito de las Américas, don Benito Juárez?

Los cubanos que amamos nuestra música, que forma parte inseparable de nuestra identidad nacional y de la personalidad básica de la población insular, no lo permitiremos, en modo alguno.

 

El cha cha chá, creación del insigne músico pinareño, con apoyo en la estructura musical del danzón (nuestro baile nacional), es valorado por la crítica local y foránea como de gran aporte a la historia musical de nuestro archipiélago.

 

Con más de sesenta años de vida, su ritmo y sonido se mantienen llenos de vida y energía, mal que les pese a muchos realizadores de programas musicales, tanto de la radio como de la pequeña pantalla.

 

Hijo de un clarinetista fallecido durante la segunda gran conflagración bélica mundial, donde participara como soldado del ejército norteamericano, Enrique desde muy pequeño —probablemente por influencia directa de su progenitor— comenzó a estudiar música.

A los 11 años de edad, creó e interpretó con la agrupación Selección, de La Habana Vieja, su primer danzón titulado Hilda; con posterioridad, se incorporó a otros prestigiosos colectivos musicales: Arcaño y sus Maravillas y la Orquesta Ideal, dirigida por el maestro Joseíto Valdés.

En plena pubertad, escribió la parte de violín del célebre danzón Osiris, un clásico del pentagrama sonoro caribeño, que todavía integra el repertorio de la Orquesta Jorrín.

El joven músico pinareño fue violinista, inicialmente, de la orquesta del Instituto Nacional de la Música, que jerarquizara el maestro Enrique González Mantici. En 1941, ingresó a la orquesta danzonera Hermanos Contreras, donde cultivó la música popular bailable. De inmediato, se trasladó a la emblemática Orquesta Arcaño y sus maravillas.

En los inicios de la década de los 50 del pasado siglo, cuando aún era integrante de la legendaria Orquesta América, creó la nueva forma musical bailable denominada cha cha cha. De 1954 a 1958, permaneció en México. En 1964, realizó con su orquesta una gira por África y Europa, donde cosechó gran éxito de público y de crítica.

Entre sus composiciones, se destacan los danzones Hilda, Liceo del Pilar y Central Constancia; de su período de transición, habría que mencionar Unión Cienfueguera, Doña Olga y Silver Star.

De la época del cha cha cha, a partir de 1951 en adelante, logran mayor vigencia y popularidad La engañadora, El alardoso, El túnel, Nada para ti, Osiris y Me muero, entre otros no menos relevantes.

Me parece oportuno referirme aquí a un número paradigmático, hijo legítimo de la fecunda inspiración del maestro Jorrín, que ha recorrido todo el planeta: La Engañadora.

Ese sabroso cha cha cha, que apela a la letra del contagioso ritmo, narra la historia de una joven con distribución anatómica colosal que asistía al salón de baile, sito en los altos de las esquinas de Prado y Neptuno, en el municipio de Centro Habana. Y a quien «todos los hombres […] tenían que mirar» para descubrir después, ¡oh, decepción!, que «en sus formas sólo relleno hay».

Ese género musical se generalizó muy pronto por el verde caimán y por Nuestra América. Ahora bien, no sólo al maestro Jorrín se deben inolvidables cha cha chas: el maestro Richard Egües, eterno flautista de la octogenaria Orquesta Aragón, compuso otro famosísimo: El Bodeguero, mientras que el maestro Rosendo Ruiz creó Rico Vacilón, otro hit de todos los tiempos.

El cha cha cha consiguió volver la mirada de los bailadores nuevamente hacia los ritmos cubanos, asediados por la presencia de la música norteamericana, en particular el Rock de los años 50 de la anterior centuria.

 

Eso es, precisamente, lo que debemos lograr hoy, en los albores del siglo XXI, para que los jóvenes, sin renunciar a ningún otro ritmo contemporáneo que atraiga su atención e interés, retornen a sus raíces, de las cuales el danzón y el cha cha cha son parte indisoluble.

En 1954, fundó la Orquesta Jorrín. Un año después partió hacia tierras aztecas con aquel ritmo que arrebató de igual forma en el continente, y que su creador denominó cha cha cha por el sonido de los pasos de los bailadores al arrastrar los pies sobre el piso; hecho que el aguzado oído del maestro no pasó por alto.

«A pesar de todos los pesares», como diría el venerable padre Félix Varela y Morales, en Cuba el cha cha no es un género olvidado, aunque casi constituye —de hecho— una pieza arqueológico-musical. Pero sí está muy vigente en México, así como en otras latitudes geográfico-culturales.

Cuando se festejó el primer cuarto de siglo del surgimiento del cha cha cha, el maestro Enrique Jorrín, recibió en México un Disco de Oro acreditativo de las ventas de sus números más exitosos.

¡Gloria eterna a la memoria del rey del chachachá, así como una cálida felicitación a la orquesta Jorrín, que conserva con celo digno de elogio y divulga el indiscutible legado intelectual y espiritual de Enrique Jorrín a la historia de la música cubana, la auténtica, la verdadera.

Notas

    1. Para mayor información véase: Orovio, Helio. Diccionario de la música cubana. La Habana: Editorial Letras Cubanas, 1981: 442 pp; Enrique Jorrín. Disponible en ecured.cu
    2. Arnáez, Rosalía. Citada por Jesús Dueñas Becerra, en ¿Quién forma el gusto musical en Cuba hoy? uneac.org.cu (Moviendo los Caracoles)

La Orquesta Aragón y la orquesta de Enrique Jorrrin

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Publicado Por: Jesús Dueñas Becerra

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