Entre la verdad y la herejía

La prensa mundial extrañará mucho a Donald Trump cuando este abandone el poder, lo mismo si es el próximo año, como si se precisa sufrirlo durante otros cuatro. Es que el presidente da materia permanente de información y análisis con sus meteduras de pata, su obvia ignorancia o las mentiras y el desparpajo con los cuales trata los más serios asuntos.

Cuando  las muertes provocadas por el Covid-19, o para mejor decir, debido a las insuficiencias del mandatario para atajar la pandemia,  sobrepasan las 120 mil, Trump se atreve a ironizar con algo tan grave. Hace rato por encima de los dos millones de enfermos, el empresario parece burlarse de las víctimas e insiste, además, en culpar a otros de su impericia y dejadez morbosas.

Durante el mitin realizado en Tulsa, Oklahoma,  con el cual relanzó su campaña electoral, llegó a denominar el coronavirus como el“kung flu”. La expresión pretende dirigir la atención hacia el supuesto origen del virus en China y vuelve a minimizar la letalidad del SarCov2.

Posiblemente él ignore que la locución tergiversada, Kung fu, es un término cantonés para calificar el resultado de combinar entereza y tenacidad. Algunos traducen la expresión como «habilidad o maestría” en tanto otros lo transcriben en condición de «trabajo bien hecho», resultante de la disciplina y perseverancia con la cual se  enfoca un asunto o tarea. El término, de todos modos, alude a las técnicas iniciadas en el templo de Shaolin por un monje budista y que sus discípulos desarrollaron a través de los siglos. De principio filosófico y sanidad corporal, la práctica derivó hacia las artes marciales chinas.

Este tipo de consideraciones históricas poco le importan a Trump quien no le hace ascos a usar cuanta bobería o insulto le sugieran o coseche el mismo, tergiversando el sentido de las cosas, personas y hechos con absoluta liviandad. Cuando dice Kung alude a China y al convertir fu en flu, vuelve a calificar de catarro vulgar, como al inicio, lo que provocó tantas víctimas solo en su país.

Las fanfarronadas le llevan a no usar mascarilla en público y tratar la pandemia con carácter de algo de segunda o tercera línea, pero para ingresar al estadio cerrado donde tuvo lugar el evento, el equipo de campaña sometió a control de temperatura a los asistentes, les hizo entrega de gel bactericida y alcohol, pero, ante todo, los fieles de Trump debieron firmar un documento comprometiéndose a no formular demandas si contraen el peligroso  virus tras participar del acto. Menuda exigencia, indicadora de una sensatez no exenta de impudicia pues 6 empleados del equipo dieron positivo antes de la reunión.

La asistencia fue por debajo de la supuesta, y como los organizadores conjeturaron que no iban a caber en el recinto, colocaron una pantalla gigante en el exterior para quienes no pudieran entrar, pero la desmantelaron por innecesaria.

Que los medios difusivos publiquen detalles como los antes dichos, o se apeguen a la objetividad informativa, es lo que el jefe de la Casa Blanca califica de noticias adulteradas (fakenews). Pero él se lo busca.»Hicimos millones de testeos. Salvamos cientos de miles de vidas. Muchas más de las que se puedan imaginar», aseguró,jactándose y justificando que pidió  reducir el número de test, pues mientras más se realicen, mayor número de infectados se conocerá.

«Ahora hemos hecho pruebas a 25 millones de personas. Probablemente 20 millones de personas más que nadie», sin embargo, consideró, «las pruebas son un arma de doble filo». Esa fue su manera de darse autobombo por un lado y reducir la importancia del trance sanitario, apremiado todavía de cuidados responsables.

«Aquí llega la parte mala. Cuando haces tantas pruebas encuentras más personas. Vas a encontrar más casos. Entonces le dije a mi gente: ‘¡Ralenticen las pruebas, por favor!’”. El disparate fue vestido en seguida como una broma presidencial. Suponiendo lo sea, es del peor gusto en las actuales circunstancias, con un rebrote en varios estados, junto con la incapacidad de la administración para hacer bajar la curva negativa de la enfermedad.

Trump, en su batalla por quedarse en la Casa Blanca, denuesta contra quien quiera supone le perjudique. Está calificando a los demócratas de “extrema izquierda” y a Joe Biden lo presenta como marioneta de esos supuestos radicales. A los gobernadores y alcaldes  negados a usar el ejército en las manifestaciones antirracistas, les aplica malos adjetivos también, pero no pocos republicanos de igual forma, están contra la arbitrariedad absolutista que él no se cohíbe de mostrar.

En medio de esto parecen las revelaciones, confirmaciones, mejor dicho, sobre algunos desatinos del mandatario. John Bolton no es una figura muy recomendable. Acumula demasiadas impurezas ideológicas y humanas, algunas procedentes de su labor con tres presidentes republicanos (Reagan, Bush padre y Bush junior) de quienes no ha dicho nunca nada ofensivo. Sin embargo, su cuarto empleador, mereció los epítetos de ignorante y corrupto. Son los utilizados por Bolton para describir a Trump, en su libro «The Room Where it Happened».

Hasta suponiendo exageración en las valoraciones del ex asesor de seguridad nacional, cuando examina a su antiguo jefe, los desbarros de este son tantos y tan notorios que es fácil asociar lo trascendido del texto con muchas de las noticias habituales generadas por el presidente y que, desde luego, no son tan falsas como pretende.

 

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Publicado Por: Elsa Claro

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