Evoca televisión cubana aniversario 125 de la caída en combate del Apóstol

En el aniversario 125 de la caída en combate del mayor general José Julián Martí Pérez (1853-1895), el canal CubaVisión de la Televisión Nacional, proyecta este martes el multilaureado filme José Martí: el ojo del canario, con guión y dirección del maestro Fernando Pérez, Premio Nacional de Cine.
No existe la más mínima duda de que una de las motivaciones fundamentales que aguijonearon el intelecto y el espíritu del también Rey Midas de la cinematografía insular y fuera de nuestras fronteras geográficas para concebir —con acierto indiscutible— dicho largometraje, estructurado en cuatro tempos cinematográficos, y consecuentemente, llevar a la pantalla grande la infancia y la adolescencia del más universal de los cubanos, se deben —en muy buena medida— al aforismo martiano «las cualidades esenciales del carácter […], se dejan ver desde la infancia, en un acto, en una idea, en una mirada»
Para alcanzar ese objetivo —nada fácil por cierto— el ilustre realizador cubano se enfrascó en el estudio de la psicología infanto-juvenil (o de las edades, como se le denomina en la actualidad); disciplina que, al igual que la psicología general (rama de las ciencias neurales y sociales de que se nutre el sagaz creador), estudia las leyes, categorías y principios sobre los cuales se estructura la personalidad en formación y consolidación del niño y el adolescente, pero con la peculiaridad de que tanto uno como el otro son personas únicas e irrepetibles que se hallan inmersos en un proceso continuo de desarrollo bio-psico-socio-cultural y espiritual.
Por consiguiente, tienen virtudes, defectos, inconsistencias, debilidades, rebeldías, necesidades de toda índole (incluidas las psicosexuales), temores (no miedo que paraliza, ya que si Martí lo hubiera sentido, jamás hubiera escrito una línea a favor de la independencia de Cuba ni en contra del status quo prevaleciente en aquella época socio-histórica en nuestro archipiélago), así como muchos otros componentes personográficos imposibles de reseñar en esta crónica periodística.
Con esas herramientas psicológicas in menti, Fernando Pérez se entregó en cuerpo, mente y alma a la ardua tarea de buscar a los bisoños actores que interpretarían los papeles de José Martí (Damián Rodríguez, niño, y Daniel Romero, adolescente), y Fermín Valdés Domínguez (Eugenio Torroella, niño, y Francisco López, adolescente).
Esos encantadores retoños de las artes escénicas caribeñas supieron prestarles a esos «amigos del alma» piel y espíritu, sin dejar de aportarle al personaje (niño o adolescente) que desempeñan algo de su cosecha muy personal, lo que hizo más creíble y encomiable su actuación, caracterizada —básicamente— por la naturalidad, la ternura y el candor que identifican a esas edades privilegiadas del ciclo vital humano.
La formación de la personalidad del niño-adolescente José Julián estuvo signada por la incomprensión de que fuera objeto por parte de los progenitores, quienes no comprendían —no podían entenderlo y mucho menos asimilarlo— que su único hijo varón era un ser humano con una gran capacidad intelectual y una privilegiada sensibilidad poético-literaria.
Tanto fue así, que la vigente doctrina martiana se basa en el amor y el perdón, sin que su «alma limpia y pura» pudiera alimentar insectos venenosos o despedir olores pestilentes (odio, rencor, envidia, sentimientos de venganza), ya que nunca albergó resentimiento alguno contra la Península Ibérica ni contra los españoles. Un ejemplo fehaciente de ello es el estrecho vínculo afectivo que estableció con don Salustiano (Manuel Porto), comerciante «gallego» residente en la capital cubana.
No obstante los castigos físicos y las humillaciones morales que don Mariano (Rolando Brito) le infligiera a Pepito, en la figura del progenitor descubrió —mediante el ejemplo vivo— las virtudes (eticidad, rectitud, y honestidad), que lo acompañarían durante su corta, pero fecunda existencia terrenal.
Por último, el maestro y poeta, don Rafael María de Mendive, le inculca a su eminente pupilo el amor al estudio y a la Patria, pisoteada por la soldadesca hispana y por los voluntarios (peninsulares reaccionarios y cubanos renegados que pusieran sus armas al servicio de la Metrópoli).
Para comprender —en toda su dimensión y magnitud— por qué el adolescente José Julián Martí Pérez adoptó la decisión libre y soberana de consagrarse —íntegramente— a la lucha por la libertad de la mayor isla de las Antillas, habría que aceptar el criterio del psicólogo latinoamericano Ernesto Bolio:
«El armónico desarrollo de la personalidad [desde la infancia y adolescencia hasta la adultez] depende de factores orgánicos [carga genética], dinámico-familiares y sociales. Pero ninguno de ellos aisladamente ni todos en connivencia pueden determinar [el] desarrollo [personal]. Además de todos esos factores circunstantes, está el propio hombre [genérico], que es el factor decisivo de su desenvolvimiento, según lo que se ha presupuesto filosófica y antropogénicamente que es el [homo sapiens]: un ser humano […] en continua evolución hacia el progreso, el cual depende de sí mismo».
No quisiera finalizar sin antes referirme a una escena que retrata de cuerpo entero al poeta mayor de la patria grande latinoamericana. Cuando el oficial español trata de convencer a Pepito de que renuncie a sus ideas independentistas, el joven contempla el canario que se encuentra enjaulado en el despacho del militar, y que constituye todo un símbolo: «es preferible morir libre, a vivir en una jaula […], aunque sea de oro».

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Publicado Por: Jesús Dueñas Becerra

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