José Milián: el teatro es mi vida

Charlar con el maestro José Milián, Premio Nacional de Teatro, deviene un placer inefable, ya que su inteligencia global y emocional, sencillez y humildad convierten este ejercicio periodístico en un verdadero encuentro en el espíritu.

Mi interlocutor es miembro de la Asociación de Artes Escénicas de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), dramaturgo, actor, diseñador escénico y director de la agrupación Pequeño Teatro de La Habana. Autor de obras puntuales en el campo de las artes escénicas insulares y fuera de nuestras fronteras geográficas.

Por la calidad estético-artística de sus puestas en escena, ovacionadas por los amantes del buen teatro cubano, así como por los colegas de la prensa especializada, que le han dedicado merecidos elogios a su fecunda producción intelectual y espiritual en el arte de las tablas, ha recibido disímiles premios, reconocimientos y distinciones, que no solo lo honran a él como teatrista, sino también a la cultura nacional.

¿Cuáles fueron los resortes motivacionales que inclinaron su vocación hacia las artes escénicas, y concretamente, hacia el fascinante mundo de las tablas? ¿Herencia familiar, influencia ambiental o ambas a la vez?

¿Herencia familiar? No creo. Nadie en mi familia estaba relacionado con el Arte.  El mundo que conocí cuando era pequeño si me resultaba algo caótico: crímenes, suicidios, caos social, y aunque niño, todo aquello me impresionaba mucho. Fabulaba en mi imaginación con imágenes que partían de ese entorno. Me llamaba mucho la atención el Circo. Pero dicen que me motivaba más la Pintura, que me pasaba horas para intentar dibujar y que no lo hacía del todo mal. Quizás es el por qué priorizo la imagen en mis puestas en escenas. Como si pintara en el espacio. Ahora bien, cuando me puse en contacto con las tablas, descubrí que el teatro es mi vida.

¿Qué representa para usted, como dramaturgo, haber sido discípulo aventajado del maestro Virgilio Piñera (1912-1979), y después de haber consolidado su formación teatral, alcanzar un lugar cimero en la profesión a la que se ha consagrado en cuerpo, mente y alma?

Me considero un amigo fiel de Virgilio, quien era un modelo para mí y él veía en mí algunos puntos de contacto en la manera de interpretar la dramaturgia.  Más que un discípulo (honor demasiado alto) me consideraba un amigo, admirador. Me costaba trabajo que Virgilio entendiera eso. Yo quería agradecerle aquel tiempo en que nos encontrábamos para cenar, para hablar, para escuchar sus quejas, puntos de vista, valoraciones […] Pienso que él no podía comprenderlo. Después de una función de Si vas a comer espera por Virgilio, durante los aplausos, alguien me gritó: « ¡Milián, como aprendiste con Virgilio!» Y en ese momento, me di cuenta de que más allá de agradecimientos por aquella amistad estaba el hecho de que formaba parte, de que éramos parte de un todo. Por eso me siento feliz, orgulloso de ser alguien en este maratón teatral, de aportar algo, como tantos otros.

El venerable padre Félix Varela y Morales (1788-1853) decía que «el orgullo de un maestro es hablar por boca de sus discípulos». ¿Acaso usted evoca la memoria de Piñera con la puesta en escena de su paradigmática obra dramatúrgica, y en consecuencia, mantenerlo vivo en la memoria poética de los amantes del buen teatro cubano? 

Lo he dicho algunas veces. Quise que Virgilio volviera a hablar por los escenarios como me hablaba a mí. Quise darle vida y voz más allá de la muerte. ¡Quise hacerle este monumento vivo para que trascendiera a la muerte! No quiero que la muerte lo condene al olvido, porque lo recuerdo vivo y pienso que los seres excepcionales merecen permanecer entre nosotros. Y en su caso, tiene mucho que decirles a las nuevas generaciones. Hay autobiografía y hay ficción en mi obra, pero hay también la esencia y la energía.

¿Qué significa para usted dirigir la agrupación Pequeño Teatro de La Habana, su segunda casa, y cuáles son los planes acariciados por sus integrantes, a corto y largo plazos? 

Fui muy feliz al integrar varias agrupaciones a lo largo de mi carrera, pero Pequeño Teatro ha sido algo enteramente mío. Con todo lo bueno y lo malo que ello conlleva.  Pero he puesto en práctica mis ideas como dramaturgo. Mis conceptos como director. Encaminar la nave por un destino elegido por mí. He sentido esa responsabilidad y el placer de tener seguidores fieles y talentosos. Algunos van, otros vienen. Pero a veces recibo agradecimientos y elogios de aquellos que se consideran formados por mí: «soy el actor que soy ahora gracias a ti». Esas palabras me llegan y me dan mucha fuerza y me llegan muy a menudo.  Ahora pretendemos hacer el estreno de mi más reciente obra. Estamos muy estimulados y los actores felices de hacer un estreno mío. Esto me llena de orgullo y me da fuerzas. Cada título que enfrentamos en Pequeño Teatro es el resumen de lo aprendido, de nuestras teorías, de la maduración de nuestras ideas y poética. Con más o menos éxito, siempre es nuestra obra mejor, la que mejoramos día a día, esa en que intentamos dar una parte del corazón.

De las muchas anécdotas, vivencias y experiencias acumuladas durante tantos años de infatigable labor intelectual y espiritual, ¿podría relatar alguna que le haya dejado un recuerdo indeleble en su archivo mnémico?

Tantos años me han permitido acumular extraordinarias vivencias, recuerdos… pero iré a la primera, que realmente me ha marcado siempre.  El estreno de Vade Retro en el Teatro Principal de Camagüey.  Era muy joven cuando presencié un teatro de pie, mientras ovacionaba y aplaudía.  Me asusté tanto que salí del teatro y me senté en una fuentecita que había en frente. Desde allí escuchaba los gritos […]. Salieron a buscarme, me obligaron a entrar y me pusieron un micrófono en la mano para que hablara. Me sorprendió que el público se mantuviera aún con el mismo entusiasmo. Y por allí estuvieron hablando hasta las costureras que habían confeccionado el vestuario. Nunca había presenciado semejante prueba de amor al teatro y a un joven como yo […], fue algo inolvidable.

Con mucho gusto, le cedo la cuartilla en blanco para que refleje en ella cualquier aspecto que, según su apreciación, no debe dejar de aparecer en el contexto de esta entrevista, que ha tenido la proverbial gentileza de concederme. 

Cuando llegué al teatro tenía paradigmas, íconos referenciales. Tuve la suerte de conocerlos casi a todos, de ser amigo de casi todos, de trabajar con casi todos. Mi meta siempre fue ser como ellos.  Me gustaría mucho que los jóvenes de hoy los conocieran, que no se perdiera su memoria. Que su obra se tenga en cuenta. Que no sean olvidados. Fue mi impulso inicial y me ha mantenido vivo tanto tiempo.  Quisiera que se cuidara y amara nuestra historia teatral por parte de los más jóvenes.

 

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Publicado Por: Jesús Dueñas Becerra

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