La savia del Moncada

–¿Te quieres ganar 50 pesos? Así de simple le preguntó el experimentado fotógrafo Panchito Cano a la joven Marta Rojas aquella noche de julio de 1953 sin sospechar que a esas alturas ya Fidel Castro casi tenía el dedo en el disparador frente a los muros del Moncada.

–¿Y qué tengo que hacer para ganármelos?, le respondió la estudiante de Periodismo llegada la víspera desde La Habana.

El corresponsal gráfico de la revista Bohemia en Santiago de Cuba le explicó que una crónica sobre los carnavales y la descripción de las imágenes que él tomaría –los pies de grabado como se decía entonces– serían suficientes, una propuesta demasiado tentadora como para dejarla pasar de largo.

Ya con el cuero de los tambores y las cornetas de las congas de Los Hoyos y El Tivolí pinchándole la imaginación, Marta le advirtió a Panchito: «Oye los cohetes chinos, ya viene la fusión», un entusiasmo que el fotorreportero desmontó enseguida con su olfato de perro viejo en lances de todo tipo:

–No son cohetes –le dijo–, son tiros y se nos jodió el reportaje de los carnavales.

Para llegar hasta aquellos tiros, Fidel Castro se había convencido de que los caminos trillados de la política nacional «solo conducirían a la nada»; había seleccionado y entrenado un ejército clandestino en cuestión de meses, en su mayoría jóvenes procedentes de la Juventud Ortodoxa, y había recorrido cientos de kilómetros sobre el lomo del mismo Chevrolet color beige, de matrícula 50315, cuyo motor terminaría fundido apenas unos días antes del asalto.

«Si Cristóbal Colón no tiene una brújula no llega a ninguna parte –le confesó Fidel al escritor y politólogo Ignacio Ramonet–. Pero existía la brújula, yo tenía una brújula: fue lo que encontré en Marx y en Lenin. Y la ética –vuelvo a repetir– que encontré en Martí».

Los disparos que Marta, Panchito y todo Santiago escucharon aquella madrugada del 26 de Julio no fueron contra los muros de una fortaleza, ni contra el sargento taquígrafo convertido en general, ni contra el cuartelazo que 16 meses antes había pisoteado el orden constitucional; fueron en realidad contra los cimientos de un sistema putrefacto y sin remedio.

El problema era mucho más grave: eran la soberanía y el honor de la nación mancillados a diario por la sombra fatal del vecino del Norte; eran la indigencia, el sufrimiento y la humillación de millones en un país, donde según fuentes de todo crédito, el 44 % de los trabajadores agrícolas jamás había puesto sus pies en una escuela y nadie se había preguntado por qué.

Es verdad que el ataque terminó con un saldo nefasto: 55 de aquellos imprescindibles, incluido Abel, fueron asesinados y presentados luego como muertos en combate; Fidel, Raúl, Almeida, Ramiro, Haydée,

Melba y muchos otros, apresados, enjuiciados y llevados a la cárcel.

El propio Fidel dijo más de una vez que si hubiera tenido una segunda oportunidad para iniciar la Revolución no habría comenzado de esa forma, pero ilusos quienes vean fracaso en aquella gesta: más que una derrota militar, la fecha del 26 de Julio de 1953 marcó un parteaguas en la historia nacional y se convirtió en referente de patriotismo, de sacrificio y de rebeldía de toda una generación, que afortunadamente ha trascendido a otras.

Tener su Moncada –dicho así– quizá resulte una frase intraducible y hueca en España, en Filipinas o en República Dominicana, pero en Cuba, semánticamente hablando, encierra un significado muy especial. Es el mismo que le atribuye la doctora Claudia Olivera Arevich, de 25 años de edad y residente en Media Luna, Granma, quien sintetiza sus vivencias desde la zona roja en la lucha contra el sars-cov-2 en Venezuela con una afirmación tan campechana como reveladora: «Este ha sido mi Moncada».

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Publicado Por: Granma

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