Moncada: Un acto de amor

Para Paulino no hubo más días de Sol ni paseos en bicicleta. Cuando su hermano mayor, Julio Díaz González, se fue a Santiago de Cuba, nunca más volvieron a ir juntos al cine y eso él lo recuerda porque “hay hermanos y hermanos; y Julito era un hermano como si fuera un padre”, afirma.

Entonces, remontar la memoria a esos días siempre duele. Sus ojos se tiñen más oscuros por una lágrima que aflora y sus manos intentan estar quietas mientras cuenta cómo se vivieron las horas antes y después del Moncada en su casa.

“Nosotros nunca supimos que mi hermano era parte del Movimiento 26 de Julio. Estaba en contra del régimen y eso era claro porque le gustaba mucho el programa de Guido García Inclán, periodista de la época y escritor de análisis muy buenos sobre el gobierno de turno. A la una de la tarde Julio se pegaba al radio a escucharlo. A veces también iban Ciro —que vivía pared con pared con nosotros—, Corcho o Ramiro”.

“Al salir de casa utilizó la excusa de ir a un balance de ferreteros en la Casa Central en La Habana, y por supuesto, nosotros no teníamos por qué dudar. Luego sucedió lo del Moncada y supimos que Ciro también había salido ese día con otro pretexto. En ese momento entendimos todos: ellos también habían estado en el alzamiento”.

Los días siguientes, según cuenta, fueron de incesante sigilo. “A cada rato, por la radio decían nombres de los caídos. Cada vez se apretaba más el pecho porque creíamos que en cualquier momento dirían su nombre”.

“Después de una semana sin sosiego, una vecina avisó gritando. ‘¡Está vivo, está vivo! Lo acaban de decir en la radio’ decía aquella mujer a mi madre. Nosotros corrimos a sintonizar la emisora por la cual daban la noticia como muestra de que los militares de Batista no mataban a todos los alzados”.

Julito fue a parar a la Granjita Siboney. Allí contactó con Ricardo Praga, quien le dio protección en el monte de la Júcara y le propuso llevarlo con unos carboneros detrás de los farallones para no ser atrapado por los guardias.

“Julio le dijo que esa no era una opción, pues eso le salvaba la vida, pero no le permitía reunirse con Fidel, y se mantuvo escondido incluso entre unas piedras llamadas trinas pelonas en medio del monte.

“A Praga y otros campesinos, los militares le indicaron irse de donde vivían para Santiago de Cuba. Julio quedó sin suministros de agua ni comida y así lo detuvieron”, recuerda, y el nudo en su garganta le hace detenerse más de una vez.

Luego vino el presidio. Paulino lo visitó allí más de una vez, pero era María, su madre, quien iba cada mes a ver a su siempre pequeño Julito.

“Fueron años muy duros. Durante todo ese tiempo los militares no dejaron de visitar mi casa ni un día, incluso cuando ya sabíamos de su fallecimiento en El Uvero”.

“La última vez que lo vi con vida, no supuse que ese sería el abrazo del final. Él seguía siendo de sonrisa amplia, bien parecido y, además, era mi hermano el valiente de la familia, eso lo hacía un ser humano mejor”.

Paulino extraña a Julio. Se le nota cuando habla, en el modo como lo describe, en su pasión para no dejarlo morir o en la devoción en la cual mira las fotos de la lucha, recibidas después del triunfo revolucionario.

A veces va al Mausoleo, le habla, le cuenta cómo va Cuba, y eso hace pensar en cuánto amor hubo en la gesta del 26 de Julio y cuántas miradas nobles fueron cedidas a la historia de este país.

El Moncada de Artemisa

Mausoleo a los Mártires de Artemisa.

¿Por qué hay sangre de Artemisa brillando en la bandera? Recuerdo estar pequeña y preguntarle a mi padre, más de una vez, después de pasar un cartel enorme con la cita que estaba a la entrada del pueblo. Él siempre contaba una historia de hombres valerosos. Luego supe del Moncada.

Así, una crece con la idea intrínseca de que el 26 de Julio impulsó la historia de este país y muchachitos de tu barrio estuvieron allí. Gente joven, Marcos Martí solo tenía 19 años, con semejante edad muy ahogado debía sentirse para decidir luchar por una Cuba mejor.

Partieron 28 artemiseños sorteando la vida hasta Santiago de Cuba, casi todos salidos del popular barrio La Matilde, por eso sus restos regresaron allí y descansan en la comunidad por la cual caminaban diariamente.

 “El Mausoleo a los Mártires de Artemisa es un monumento funerario. Sin embargo, está lleno de vida, porque la idea de los arquitectos siempre fue hacerlo parte de la comunidad y no hay mejor manera que interactuando con ella”, refirió Mabel Martínez Deulofeo, directora del sitio.

Según cuenta “algunas personas llegan más relajadas, pero cuando entran a la cámara y ven los paños de Artemisa y del Moncada permanecen en silencio: ese es el recogimiento del alma ante el respeto a la muerte, a los caídos”.

No obstante, la propia concepción del monumento abierto hace a los visitantes sentir vida, inmensidad, obediencia. El hecho de no ser una tumba cerrada y poseer un brillo natural hermoso, implica movimiento y vida.

Pese a sus 43 años, no deja de parecer una estructura moderna. Más allá de ser un campo para honrar la muerte, la luminosidad del monumento hace a los visitantes salir sobrecogidos, optimistas.

Desde hace unos meses enfrenta un proceso inversionista, el cual, según Martínez, alcanza elementos constructivos, pintura, reparaciones en la red hidráulica y completamiento de luces.

Más allá de un monumento

Contar la historia de la comunidad desde un sitio así es fácil y emocionante, porque la gente no solo va a homenajear a los caídos; además, se acercan a la historia de una manera diferente y aprenden. Y en esa tarea, día tras días, cientos de personas hacen a Artemisa vibrar con la historia que no cansan de repetir Mabel y sus compañeras a quienes llegan al Mausoleo.

Por el panteón han concurrido innumerables delegaciones de todos los países, diplomáticos, artistas y combatientes; mas hay algunas visitas inolvidables.

“Siempre pienso en Fidel: tan humilde, tan humano. Aquí el Comandante no venía como el jefe sino como la persona que había perdido a sus amigos de lucha. Venía a rendir tributo a sus compañeros, y siempre marchaba con lágrimas en los ojos”, recuerda Mabel.

“También días después de morir Mandela, vino el embajador de Sudáfrica en Cuba. Me abrazó como si en ese apretón estuviera todo el cariño de su pueblo por Cuba y nosotros le devolvimos en el abrazo todo el calor artemiseño por el reciente deceso de un luchador especial. Luego, él recitaba algunos versos de Martí y yo le respondía con frases de Mandela, fue realmente especial”.

Quizás por ese impulso de cronistas de la historia cuentan siempre los sucesos del Moncada con emoción y certeza, al final la sangre de nuestros artemiseños sirvió de semilla para que germinara la Revolución.

“Trabajar en un sitio como este constituye una responsabilidad tremenda. Ellos eran profundamente martianos y no nos perdonarían el olvido, de ahí la importancia de traer hasta acá a pioneros y estudiantes de todos los años”.

El Mausoleo acoge círculos de interés, sostiene proyectos educativos con el preuniversitario Eduardo García Lavandero y ha sido el lugar elegido para graduar a miles de abuelos en la Universidad Martiana.

“Aquí hemos realizado cambios de atributos a los pioneros, graduado a médicos, abanderado a deportistas y reconocido a trabajadores destacados. Al final, ¡exactamente por eso no dudaron en luchar por Cuba!”, reseña Mabel conmovida, y no es para menos porque deja piel y vida en ese recinto.

Definitivamente la sangre de Artemisa sí manchó la bandera. Esos eran los hombres valerosos de los que hablaban siempre mi abuelo y mi padre, porque sin Artemisa, el Moncada hubiera sido diferente.

Basta ver las horrorosas imágenes de cómo quedaron nuestros artemiseños para preguntarse si era necesario maltratar los cadáveres de esa manera, torturar a jóvenes que únicamente clamaban libertad y derechos o asesinar la inocencia con odio y desdén.

Entonces, el Moncada para Artemisa no es una fecha de júbilo, sino de dolor para Paulino y otros familiares que asisten ese día al Mausoleo a conversar con sus seres queridos. Sin embargo, hoy les admiran con el orgullo en la mirada del cual solo son dignos quienes aman y, en ese acto de amor, dan su vida por Cuba.

Paulino guarda con recelo las fotografías de Julio en la lucha en la Sierra.

Texto: Sailys Uria López

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Publicado Por: Cubadebate

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