Por Yohani Cáceres
La noticia llega con la sobriedad de las despedidas que nadie quisiera escribir: Manolo del Valle murió, a los 84 años. Con él se apaga una de las voces más reconocibles del bolero cubano y queda suspendida, en la memoria de varias generaciones, esa manera suya de cantar al amor sin estridencias, como quien confiesa un secreto.
En Manzanillo, Granma, donde todo comenzó, su partida debe sentirse como nota grave, prolongada, de esas que permanecen flotando cuando la música se detiene. Allí nació el 7 de mayo de 1942, con el nombre de Manuel Batista Salgado. Allí aprendió a reconocer el pulso de la canción romántica y allí, entre tríos y agrupaciones locales, construyó el intérprete que luego Cuba aprendería a querer.
Antes de que su voz alcanzara los grandes escenarios, estuvieron los tríos Ideal y Los Bohemios. En ellos formó su estilo: sobrio, limpio, atento a la palabra. Manolo no necesitaba desbordarse para emocionar. Le bastaban, una frase bien colocada, una pausa y ese timbre cálido que parecía conocer de antemano las penas del público.
En 1964 llegó a la Original de Manzanillo, una de las agrupaciones bailables más importantes de la música cubana. Tenía entonces 22 años. Permanecería catorce en la orquesta, una etapa decisiva para su trayectoria y para la propia identidad sonora de la agrupación.
Con la Original su nombre comenzó a viajar. Primero por las provincias cubanas, luego más allá de las fronteras inmediatas. El público reconocía en él una presencia escénica sin artificios: un hombre que cantaba con la naturalidad de quien no interpreta una historia ajena, sino una experiencia vivida.
Después, se estableció en La Habana y emprendió la carrera como solista. La capital le ofreció nuevos escenarios, emisoras, clubes nocturnos y un público más amplio, pero Manolo no abandonó nunca la esencia que lo había acompañado desde sus primeros años: la fidelidad al bolero y a la canción.
Su repertorio queda unido a títulos como No renunciaré a tu amor, Solo mía y basta, Este es mi último adiós, Ni tu cama ni tu almohada y Es mejor vivir así. En sus interpretaciones, tales temas no eran simples melodías; eran pequeñas escenas de la vida sentimental cubana: la espera, la ruptura, el recuerdo, el amor que insiste aunque todo aconseje renunciar.
Ya no está en el escenario, ni en la sala de un club, ni frente a un micrófono, sino en un tema que alguien vuelve a situar. En una pareja que recuerda una canción. En la radio que rescata un bolero. En la memoria de quienes alguna vez hallaron consuelo en una frase interpretada por Manolo del Valle.
Así, el género romántico seguirá contando antiguas penas y, entre acordes y matices, volverá Manolo, sereno, como quien sabe que algunas canciones nunca terminan.
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