Joaquín Cuartas: una broma de genio

Éramos una terna, un triunvirato, un pas de trois de radialistas danzando en busca de un maestro. Y allá nos fuimos, a Santa Catalina N. 10, a Lawton, a su casa. Me colgué del actor y guionista, Ángel Luis Martínez; del director y asesor, Adrián Quintero. El camino estuvo aderezado de anécdotas, sin sospechar que seríamos protagonistas de una tremenda, una para la antología.

Joaquín Cuartas, el  caballero de los grandes premios del Festival de la Radio, el ganador del  Margarita Xirgu  y el Tirso de Molina ―¡qué  nombres! ¡qué obras!― nos invitó a pasar. El rey de la dramaturgia, en persona. Fui más observador que dialogante hasta que entré en calor, hasta que el periodista se soltó. Ya me frotaba las manos, ya fraguaba algo, cuando Joaquín desarmó con un gesto cualquier intención de responder preguntas filosóficas, profesionales, biográficas.  

Esta  era una visita de amigos.

Y allí, cuando se hubo hablado de esto y de lo otro, cuando la parábola parecía declinar,  Joaquín Cuartas tomó  el mando. El escritor de las radionovelas “Cuando la vida vuelve” y “Crónica social” se  reclinó en su trono, apretó el cetro. Se hizo silencio. Nos compartiría algo suyo, un esbozo salido de su máquina de escribir, de las teclas del tiempo. Y ya eso, eran palabras mayores.

Adiviné  tal vez un poco de sorna, de guasa, en la voz de narrador que inundó  la sala, mas la trama resultaba tan coherente, el estilo tan limpio, la presentación tan auténtica, que comencé a meterme dentro. “La profundidad de sus personajes es aplastante”, me había advertido Ángel Luis Martínez.

Así prosiguió, dueño, reconcentrado, inamovible. Estiraba allí, remarcaba allá. Unas pausas dramáticas… “En una prisa corrió hacia la ventana. Sus ojos se hicieron a la noche”… Alzaba los ojos para ver nuestra reacción, y ya en sus manos, tejía en el aire la siguiente frase y la otra… Del letargo salí por un detalle, no podía ser, no. Aunque hubiera apretado el espacio, lo contado excedía con mucho la página que estaba leyendo.

Las miradas no fallan.

El maestro se levantó de repente, esbozó una sonrisa y advertimos el papel inmaculado, virgen, sin una letra. Joaquín Cuartas nos había regalado una puesta exclusiva, un impromptu radial, una broma de genio. El aire se detuvo, la tarde se cerró.  Y lo vimos perderse ―así nomás―, como el final de un capítulo, como un toque teatral, por el largo pasillo de su casa… 

Texto: Reinaldo Cedeño

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Publicado Por: Radio Cubana

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