Confieso que el magnetismo del que escuchaba hablar acerca de la personalidad del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, rondaba más bien el mito que la realidad al tratarse de un ser tan venerado.
Corría la década del 70 cuando físicamente le vi por vez primera y a muy pocos metros de distancia. Acompañado del entonces presidente de Panamá, Omar Torrijos, el líder histórico de la Revolución cubana, durante un recorrido hacia el oriente, hizo una pausa en Camagüey para saludar y establecer una breve charla con el universal boxeador Teófilo Stevenson, quien esperaba al borde de la carretera central el paso de la caravana junto a profesores y alumnos de la Escuela de Iniciación Deportiva Escolar a la que yo pertenecía.
Fidel hablo con elocuencia con el Tricampeón Olímpico, y le mostraba al visitante extranjero la grandeza del deporte en la isla protagonizada por hombres y mujeres nobles y sencillos.
Desde mi posición de prematuro deportista, atiné en gran medida a observar su rostro, de cómo le asentaba el proverbial uniforme verde olivo, y que sus gestos llevaban prendado un mensaje de reflexión y enseñanza.
La segunda oportunidad del mencionado privilegio fue en 1980 en la Ciudad de Ciego de Ávila, durante el acto central nacional por el 26 de Julio.
El tiempo transcurrió y el autor de la Historia me Absolverá volvió a la Ciudad de los Portales para junto al pueblo celebrar el Aniversario de los CDR, cuya organización ideó en defensa de la soberanía conquistada.
De todo este decursar siempre me preguntaba: ¿De dónde saca tantas fuerzas y energías para sostenerse y multiplicar su conducta?, pero más allá de su dureza como Caguairán, nunca transformó el apego por los humildes y vulnerables.
Quizás en el modo de ser y actuar figure el sello de la sensibilidad y el magnetismo del que hago referencia, pues en el año 2002, cuando nuevamente los avileños ganaron la sede del país en la emulación por el Día de la Rebeldía Nacional, el líder histórico volvió a la Tierra de la Piña.
Se le veía entusiasmado, satisfecho de ver expuestos programas que bien definió en su alegato del Moncada, y de ahí, por ese carácter emprendedor y sensitivo al cual hago referencia, en mi condición de reportero e integrante del equipo de prensa que recorría junto al Comandante, vi a aquel hombre, que luego de dejar inaugurada la Sala de Cardiología del Hospital General Docente Antonio Luaces Iraola y departir de forma animosa con el personal médico y pacientes, respondió algunas preguntas de la prensa.

No fue secreto para nadie saber que su oratoria resultaba extensa, pero en esta oportunidad, quizás por el apremio del tiempo para cumplir otros itinerarios del día, le pregunté:
¿Comandante, qué es lo que más le ha impresionado de las transformaciones en Ciego de Ávila? El robusto combatiente, con la elocuencia que le caracterizó y la meditación de un sabio, me dijo: «la gente, este es un pueblo noble y merece lo mejor».
Y así, tras 9 años de su partida física, quedará por siempre tatuado en mi memoria, lo que me dijo Fidel.
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