Rafael Lam: La sonoridad de la música cubana es única e irrepetible

El escritor, periodista e investigador musical, Rafael Lam, con la gentileza que lo caracteriza, accedió a dialogar con el autor de esta entrevista acerca de temas puntuales relacionados con la invisibilidad mediática de que adolecen —desde hace varias décadas— las orquestas típicas, de jazz band, conjuntos y septetos soneros, entre otras agrupaciones que se encuentran prácticamente ausentes de los espacios musicales transmitidos por la radio y la televisión insulares.

Miembro activo de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC), el Chino Lam (como se le conoce en nuestro medio) ha dado a la estampa textos sobre música popular cubana, publicados en nuestro archipiélago y fuera de nuestras fronteras geográfico-culturales: La Bodeguita del Medio; Tropicana, un paraíso bajo las estrellas; Esta es la música cubana; Polvo de Estrellas. Cantantes Cubanos (dos tomos),  Los Reyes de la Salsa, El imperio de la música cubana, y su más reciente éxito editorial: Benny Moré. El símbolo de la música cubana. 

Además, Rafael Lam ejerce el periodismo cultural en varios medios nacionales de prensa, y como cronista musical, incursiona en la radio y la pequeña pantalla.

 

En su breve, pero medular intervención, en el espacio mensual Moviendo los Caracoles, auspiciado por la Asociación de Medios Audiovisuales y Radio de la UNEAC, usted refirió que, en la evolución histórica de la música popular cubana, había «eslabones perdidos». ¿Podría explicar en qué consisten esos «eslabones perdidos», así como el porqué de su existencia en el orbe sonoro insular?

Yo hablé del sonido perdido de la música cubana, de eslabones que no están en la cadena lógica de nuestro patrimonio musical. Todo país protege su riqueza musical, su tesoro cultural, sobre todo cuando se trata de un tesoro que no existe en toda Nuestra América; tesoro tan rico y codiciado. La ausencia de espacios musicales de ese sonido perdido, de esos eslabones, hace que se vaya perdiendo la sonoridad que hiciera época en otros tiempos.

De acuerdo con su apreciación, ¿a qué se debe el hecho —en mi opinión inexplicable— de que las agrupaciones charangueras, de jazz band, los conjuntos y septetos soneros que, durante las décadas del 40 al 70 del pasado siglo XX, hicieron mover el cuerpo y acariciaron el alma a bailadores nacionales y foráneos, ahora estén invisibilizados casi por completo de la radio y la televisión insulares?

La radio, la televisión y los demás medios de difusión musical no han organizado un «diseño musical» para los medios, no obstante el hecho  de que todos esos medios pertenecen a una misma entidad: al estado cubano, vale decir al patrimonio popular nacional. Nunca se ha convocado a los conocedores, estudiosos, investigadores, difusores, cronistas para realizar un estudio de población, planear lineamientos culturales relacionados con la música. Estoy hablando de figuras como Helio Orovio, Leonardo Acosta, Manuel Villar, Pepe Reyes, Juan Gaspar Marrero, Eduardo Torres Cuevas (también conocedor de la música), José Loyola, Juan Formell, José Luis Cortés, Pedro de la Hoz y demás trabajadores de los medios (algunos lamentablemente fallecidos). Pero, ahí están los testimonios de los que ya no están físicamente entre nosotros, su obra está palpitante. Nunca hemos hecho uso de esa sabiduría.

La explicación que la mayoría de los directores y realizadores de espacios musicales que salen al aire por nuestros medios masivos de comunicación ofrecen sobre esa «ausencia» que, en modo alguno, quiere decir olvido, se fundamenta en el hecho —aceptado por ellos como una verdad irrefutable— de que ese tipo de música no le agrada a la juventud. ¿Está usted de acuerdo con semejante controversial explicación?

No es el hecho de que la juventud escuche la música de sus antecesores. Hay que empezar por ofrecer a cada público su música, la música de su tiempo. Ya eso es bastante. Después —por leyes de las generaciones, por leyes de la vida—, los jóvenes cuando se desarrollan, van a buscar ese sonido de sus padres (el sonido perdido). Van a rescatar la tradición, la riqueza existente. Esa es otra fase. Pero, si los jóvenes no escuchan en sus casas la música de los padres ¿de qué manera van a conservar ese sonido? ¿De qué manera evocarán la música de sus progenitores? Muchos de esos padres han tenido que escuchar —obligados— la música de sus hijos; porque los medios masivos solamente difunden lo contemporáneo, han olvidado la memoria, la historia.

Los programas dedicados a la memoria musical se escuchan muy de madrugada, vale decir casi underground. No tienen ninguna prioridad, ni selectividad. No hay un diseño, un proyecto, una estrategia. ¿Están colaborando con los medios los conocedores más competentes?

Si supuestamente esa afirmación estuviera respaldada por una realidad objetiva, ¿cómo es posible que los libros publicados en Colombia sobre música popular cubana, donde usted se refiere in extenso a dichas agrupaciones, y además, destaca la función «clave» desempeñada por ellas en el pentagrama musical cubano y universal, hayan tenido tan buena acogida por parte del público (incluidos los jóvenes) y la crítica especializada de ese hermano país suramericano?

En Colombia estuve hace algunos años, invitado por el Club de La Sonora Matancera en Medellín, Armenia, Pereira, Cali y Bogotá, la capital del país, donde impartí conferencias, me entrevistaron para la radio y la televisión de varias ciudades colombianas y peruanas, y presenté mis libros sobre música popular cubana. 

Por otra parte, en muchos países de América se conserva la música como si se tratara de cubanos que «enraizaron» nuestra música, la auténtica, la original. El motivo debe ser que la sonoridad de la música cubana es única e irrepetible, y ha sido tan aplastante que está y estará vigente por los siglos de los siglos. 

Los aficionados a la música cubana en otros países conservan hasta 20 mil discos de Cuba o relacionados con el sonido cubano. Es algo digno de estudio. Nosotros no tenemos respuesta para esos visitantes que vienen en busca de ese sonido perdido de la música cubana […] ¿Cómo se explica eso? Ya lo había dicho el laureado escritor y periodista Gabriel García Márquez, Premio Nobel de Literatura:

«Si Cuba vende su azúcar, su ron y su tabaco, por qué no vende convenientemente su música?».  «Al final —sigue diciendo Gabo—, los capitalistas saquean la música que Cuba no utiliza, no difunde. Esa música cubana llena los bolsillos de medio mundo. Recordemos el fenómeno de la salsa y del Buena Vista Social Club».

¿Cómo valoraría usted el estado actual de salud de las orquestas charangas, de jazz band, conjuntos y septetos soneros?

Los formatos tradicionales como septetos y charangas muchos han desaparecido por falta de programación inteligente y despierta (utilizo una frase del maestro Leo Brouwer). La radio y la pequeña pantalla, de haber tenido programas con esos formatos, esa música estuviera en el espacio sonoro […] pero no es así. ¿Quién determina esa programación? ¿Qué conocimientos generales poseen las personas que la diseñan?

¿Cuentan con los hallazgos de un estudio socio-antropogénico realizado a los oyentes cubanos? ¿Están preparados para el desafío de la difusión musical? Es imposible, un solo hombre o un pequeño grupo de difusores no hacen el verano, como dice la frase. Si nosotros no atendemos los gustos adecuados de la población, entonces otros se encargarán de ofrecer […], muchas veces lo menos conveniente. Como se dice en el béisbol: «las que tú no hagas, te las hacen».

Ahora le concedo entera libertad para que complete cualquier espacio vacío que haya podido quedar en el contexto de este enriquecedor diálogo con un cronista e investigador musical, cuya profesionalidad trasciende —con creces— nuestras fronteras geográfico-culturales

Considero que hay muchos conocedores inteligentes que pueden ayudar en la difusión de la cultura musical y hay que darles un espacio, aprovechar sus conocimientos. Como dijo en una ocasión el doctor José Loyola: «la difusión musical no es un cake en el que se pica un porcentaje por igual de todas las músicas». La masividad lleva especial atención, porque la masividad es el pueblo. Esa masividad es la que produce los alimentos del país, la que sostiene la producción. ¿Ellos tienen la música y la diversión que merecen y necesitan? Los mediadores o difusores de la cultura se han preocupado más de una cultura de la «ilustración» (vale decir eurocentrista) que de la cultura nacional, la cultura del pueblo cubano. Antes de 1959 no existió tanta cultura de la «ilustración» y tuvimos la mejor música del continente y de las mejores del mundo.

Cuba no necesita del eurocentrismo para ascender. La mayor isla de las Antillas debe cuidar su «cultura de la diversión», por encima de su cultura de la «ilustración».

Por «cultura de la diversión» se entiende la cultura de los bailes, fiestas y carnavales. Se incluye la cultura de la tradición oral que siempre ha sido parte de la vida de los pueblos como el nuestro. De esa «cultura de la diversión» ha salido la verdadera, auténtica y genuina cultura cubana. Lo demás, es la cultura de lujo y sabemos que «la cultura no es un lujo, sino una necesidad», como escribió el sabio don Fernando Ortiz, y ahora, reconoce el escritor Abel Prieto, presidente de la Sociedad Cultural José Martí.

Publicado Por: Jesús Dueñas Becerra

Jesús Dueñas Becerra. Ejerce como colaborador la crítica artístico-literaria y el periodismo cultural en varios medios nacionales de prensa, en especial, en la emisora de la familia cubana: Radio Progreso. Su actividad fundamental es la crítica de danza y cinematográfica, así como las artes escénicas y las artes plásticas.

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