Evocación a un gran percusionista: Guillermo García

«El culto a los muertos, honra a los vivos». Con apoyo en ese aforismo martiano, evocaré la memoria del percusionista Guillermo García (1935-2020), quien desde hace varios años sustituyera en la tumbadora al nonagenario músico Guido Sarría, quien —junto al maestro Celso Valdés— es uno de los veteranos integrantes de la emblemática Orquesta Aragón.

Hace solo algunos días, por el escritor Pedro Urbezo me enteré de su lamentable deceso, acaecido hace  meses, y decidí de inmediato dedicarle esta crónica, pero por causas ajenas por completo a mi voluntad (no conocía la fecha de nacimiento de Guillermito, su nombre artístico, que obtuve gracias a la proverbial gentileza de su viuda).

Por otra parte, en mi búsqueda por Google nada encontré en las páginas insulares, pero sí en las foráneas a las cuales no tuve acceso desde mi casa, acerca de sus datos biográficos ni de la fecunda leyenda artístico-profesional y personal que escribiera como miembro ilustre de la Reina de las Charangas Cubanas.

Guillermito era miembro activo de la Asociación de Música de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), y comenzó a dar sus primeros pasos en el fascinante mundo de las corcheas y las semicorcheas, en plena adolescencia (solo tenía 15 años de edad).

O sea, el carismático percusionista habanero se consagró en cuerpo, mente y alma, durante siete décadas de su vida a hacer sonar las tumbadoras en las agrupaciones a las que perteneciera, incluida —por supuesto— la Charanga Eterna, en cuyas filas lo sorprendió Tanatos (la muerte, en el vocabulario psicoanalítico ortodoxo).

Al igual que los demás «aragonísimos», como los califica la maestra Carmen Solar, Premio Nacional de Radio, mi relación afectiva con él era muy estrecha, ya que era hermano del fallecido músico Roberto García, mi vecino y amigo en el plano personal, y fundador del Buenavista Social Club, agrupación que —al igual que la que «llegó y triunfó»— llevara lo mejor de la música popular cubana a los cinco continentes.

La última vez que hablé por teléfono con Guillermito fue para solicitarle que me enviara una foto actualizada de la «Orquesta de Casa», como la bautizara el maestro Eduardo Rosillo (1927-2014), Premio Nacional de Radio, para ilustrar una crónica dedicada a un aniversario más de la fundación de la octogenaria agrupación cienfueguera; petición que satisfizo de inmediato.

Las tumbadoras de la Orquesta Aragón han dejado de hacer vibrar de emoción al auditorio, como lo hacían —por ejemplo— en los solos del instrumento en los conciertos del capitalino Teatro América, así como en el Estudio 1 «Benny Moré», de Radio Progreso, ya que carecen del ritmo, sonoridad y sabrosura criolla que les impregnaran las hábiles manos de Guillermito, quien ya duerme en paz el sueño eterno en los amantísimos brazos del Espíritu Universal. ¡Que así sea!     

 

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Publicado Por: Jesús Dueñas Becerra

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